II. SIERRA DE LOS CABEZOS

 

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Fue aquella tarde de finales de enero, cuando parecía un imposible lo que vendría después. Esas tardes la vista del abuelo se dirigía a los Mansuetos, que ocultaban la ciudad de Teruel, en busca de su mujer. Veía caer las bombas tras ellos. Según veía subir la columna de humo deducía el barrio donde habían impactado y respiraba tranquilo cuando pensaba que no habían caído en el arrabal.

Se resistía a un triste destino enfrentándose a continuar la vida solo junto a sus dos pequeños, Joaquina y Ángel. Calentando sus manos y su desdicha en el fuego de una aliaga prendida en el campo mientras pacían las ovejas, se negaba a aceptar que esta vez ésta separación lo fuera a ser para siempre. Estaba guardando las ovejas en El Doblador, los campos encima de La Hita. Desde allí vio avanzar tres siluetas negras por el camino a Formiche, en las faldas de Cabezo Alto, sobre la suave capa de nieve que cubría las asperezas de la roca caliza agrietada. Eran tres mujeres andando que bajaban en dirección al Caseto rumbo a la masada; supo que una era la abuela. No lo dudó, se lanzó a la carrera a su encuentro. Aquel abrazo, aquél beso de amor, como el que nunca había dado antes, como nunca lo daría más, lo fue de un momento que jamás volvería a repetirse porque ya nunca habría un después; sólo sobrevivir.

Llevaban dieciocho meses sin saber el uno del otro. Desde el amanecer del veintiuno de Julio de mil novecientos treinta y seis. La noche del veinte de Julio decidieron que a la mañana siguiente Justo marcharía con los niños a la masada. Tras un día en que la ciudad entendió, tras conocer las noticias llegadas del levantamiento el día dieciocho de julio del ejercito africano contra el gobierno de la II República, que quedaba ubicaba junto a los sublevados. Desde el momento en que el Comandante Aguado, acompañado de los reclutas, pegaba en las paredes del Tozal el bando de guerra. El bando marco el miedo en las caras de sus vecinos que se habían significado de izquierdas soñando con un mundo más justo.

El destino dio un giro, en las navidades de mil novecientos treinta y siete, tras la recuperación de la ciudad por los republicanos. La evacuación de la población civil permite a la abuela salir de la ciudad. El encuentro en la Puebla de Valverde con un miliciano, un conocido vecino del arrabal que le indica que no siga en la fila de evacuados y que por el callejón inicie camino hacía la Hita, donde su familia se encuentra bien, le abre la puerta para reencontrarse con quienes más quiere del mundo. El amor por volver con su familiar puede al miedo y entre calles estrechas y pajares sale del pueblo rumbo a los campos.

Son muchas horas de marcha para las tres andando solas entre el silencio que invade las lomas donde unos días antes combatían cuerpo a cuerpo hermanos separados por la guerra. Se dirigen hacia la Sierra de los Cabezos y en su camino encuentran milicianos que regresan del frente o que se dirigen a él. Son niños, convertidos en hombres en apenas unos meses, a los que el horror de la muerte aun no ha carcomido le humanidad de quienes luchan por la libertad. Los hombres destrozados en el frente de batalla no dudan en respetar a tres mujeres abandonadas en medio del monte. Quizás no ha habido otra guerra donde los jóvenes, aprendices de soldados, embrutecidos por la crueldad de las batallas, no perdieran la inocencia propia de su edad, aunque cuando perdieron la guerra dejaron atrás toda su juventud, toda la inocencia que habían arrastrado a lo largo de los días de lucha, para ser espectros en el país de sombras que quedó. Embutidas en sayas negras, al mirar a los hombres aprecian el rostro rasgado de quienes están siendo derrotados en esa lucha fratricida iniciada por las oligarquías que dominan, que han dominado desde siempre en el país.

En esas montañas la roca aflora desnuda. Agrietada en canalillos por el azote del agua, el viento y el hielo, como la piel de las caras de los pastores que la habitan; pequeños surcos en el suelo que dificultan andar. Grietas en donde los retazos de hierba y tomillo hunden sus raíces en busca de suelo en el que crecer. Unas montañas donde no hay cobijos para guarecerse cuando los aviones sobrevuelan en busca de presas. Sólo pequeños bosquetes de pinares, cayendo en las laderas de umbría, sabinas y carrascas deslizándose en las laderas de la solana.

Un paisaje que hoy conserva esa cruda rusticidad de superviviente y que nos hace quererlo a quienes lo conocemos. Sin embargo, en aquellos días en que el terreno estaba herido por trincheras cubiertas de metralla y restos de armamento abandonado, cuando sus lomas eran un cementerio sin cubrir de tierra, quién podía pararse a mirarlo; todos huían sin saber a donde.

Tras varias horas de marcha, a media mañana, desde el collado que baja hacía La Sima ven la masada. Tampoco ha resistido al paso de la guerra. El tejado de la paridera bombardeado desde el aire, la pared del pajar hundida de un cañonazo. Apenas un abrazo a los tíos, a los abuelos, porque el hambre que necesita saciar es abrazarse al marido y a los hijos.

Unas semanas tardaron las tropas franquistas en recuperar el protagonismo de la batalla. De nuevo hubo que cargar las caballerías con lo poco que aún les quedaba y lo poco que podían llevar: la maquina de coser, la vajilla, las tinajas con la conserva, las mantas, varias mudas y ropa. Los soldados los empujan a evacuar ante el rápido avance del frente de guerra por Castelfrío. Toneladas de bombas lanzadas por aviones alemanes e italianos, por la artillería, que pone a prueba las últimas novedades en armamento, traído por los nazis alemanes, van rompiendo, una a una cada, línea de trinchera de las defensas republicanas.

Unos días después de ese año nuevo de mil novecientos treinta y ocho, de reencuentro, comienza de nuevo a verse movimiento de soldados. Las cosas parece que no van bien para la República en el valle del Alfambra.

Quizás paso por la masada James Neugass, conductor de la ambulancia de apoyo sanitario para la Brigada Lincoln. Le ofrecieran huevos fritos de las pocas gallinas que ya quedaban en el gallinero. El americano les diría que tenían un sabor distinto al que un mes antes otros masoveros le habían dado en Mas de las Matas. Le explicarían que aquí el aceite de oliva era de la Sierra de Espadán, en Viver y Segorbe camino de Valencia, y que el aceite, escaso y caro, primero lo usan para guardar la conserva, ese pedazo de longaniza empapada de aceite que acompañaba a los huevos. Él, agradecido, contestaría que los encontraba muy buenos, con cierto remordimiento de quizás estar comiendo lo poco que aún conservan estos aldeanos. Pero estos aldeanos aún conservan su dignidad, que muestran en su generosa hospitalidad, y no puede negarse a aceptar lo que le dan en cuanto que ello sería un desprecio a su humanidad.

La abuela, quizás reconoció la voz de este buen hombre extranjero. Anduvo por Teruel cuando la ciudad la tomaron los republicanos una semanas antes, y los médicos y enfermeras no dejaban de atender a la población civil, que como los soldados habían sufrido el ataque. James quizás les dijo, que el frente se rompía por Cuevas Labradas, Tortajada y Villalba Baja. La guardia mora del Coronel Mician, a las ordenes del general Yagúe, empujaba a los milicianos de la 127 Brigada Mixta, la de la columna anarquista Roja i Negra, desde Alfambra hacía las faldas de Castelfrio, una vez que el ejercito del General Aranda había tomado el Muletón y se asomaban a la vega del río Alfambra. Tropas de choque frescas, que habían permanecido acuarteladas en la retaguardia. El Coronel, que luego sería por méritos de guerra General de Franco. En los primeros años de la nueva democracia un periódico nacional dedicaba un artículo en el que detallaba su retiro en su tierra natal del norte de África, donde manteniendo la confianza del Generalísimo había sido embajador en Marruecos durante los primeros años de gobierno fascista. En los días previos a la batalla de Teruel, se alojó, tras requisarla, en una gran casa de Cella, allí en la sala del centeno, donde durante años se almacenó el grano, debieron desplegarse los mapas que decidieron el plan de la batalla que arrasó como Atila la hierba que pisaba; los mercenarios marroquí serán temidos por su crueldad, cortaban las orejas de los vencidos como trofeo con lo que vengarse del odio que reinaba en su tierra por el terror impuesto por los soldados españoles en las batallas del Norte de Afríca de principios de siglo. El conductor americano, junto a su ambulancia se dirigiría rumbo al Puerto de Escandón, donde sus compatriotas pensaban resistir para frenar el fuerte avance que se esperaba de las tropas rebeldes ayudadas por mercenarios italianos enviados por Mussolini, dando por hecho la toma de Teruel en pocos días y su órdago de llegar hasta Valencia, tras el orgasmo de la victoria.

Cincuenta años después, el hijo pequeño de James Neugass recuperó el diario que su padre había escrito aquellos lejanos días durante la Batalla de Teruel. Se publicó en un impresionante libro, “La Guerra es bella”, que recoge su experiencia sobre la cruda guerra que vivió conduciendo su ambulancia. Junto a la joven historiadora americana de Alaska, Aelwen Wetherby, emprendió un viaje por los paisajes descritos en el libro y emprendieron la elaboración de un interesante documental, “War is Beautiful: the documentary”, que en el mes de Noviembre del dos mil catorce se presentó en la ciudad de Teruel.

Emprendieron rumbo hacía Formiche Alto ante estas noticias y la confianza que daban las palabras de aquel extranjero. Justo, que en 1920 había trabajado tres años en Estados Unidos, no entendía como aquél hombre culto había abandonado su país para venir a estas tierras pobres, que además estaban en guerra. Quienes más sufrían la desigualdad y la injusticia más alejados estaban de las ideas revolucionarias comunistas que apostaban por romper las barreras sociales que dividían las sociedades en ricos y pobres, utopía que terminaría siendo traicionada por sus propios dirigentes y de la que muchos no nos percataríamos hasta que, tras la caída del muro de Berlin en mil novecientos ochenta y nueve, comenzó a fluir información de la historia de los países de Este, a los que tanto habíamos idealizado y cuya historia su propia censura había ocultado.

Antes de llegar al pueblo su hermano enterró las tinajas de conserva con la esperanza puesta en regresar para recuperarlas. A los pocos días abandonaron Formiche Alto y marcharon a casa de los familiares de La Puebla de Valverde. En La Puebla de Valverde unos parientes los cobija y en los graneros de una casa, que aún esta en píe, guardan la carga y los animales: conserva, maquinas de coser, ropas, apeos del matacerdo y poco más de las cosas de valor que les acompañan cargadas en las caballerías desde que iniciaron la evacuación.

Ya terminando Junio, una noche el frente avanza tan rápido que, al amanecer, cuando despiertan comprueban que las insignias del uniforme de los soldados y el estandarte en torno al que se agrupan ha cambiado. Se encuentran en territorio de Franco.

No todos huyeron deprisa. Algunos aprovecharon el caos para robar lo ajeno. En los graneros no queda comida ni nada de lo que puede venderse en la retaguardia. Al menos no se han llevado los animales, incapaces estos de llevar el ritmo que marcaba la huida en las últimas horas del combate.

Quedaban en tierras de los nacionales. Quizás por la influencia de los Barones, quizás del hijo del secretario de Corbalán, oficial del ejercito rebelde, regresaron a La Hita. En el camino se encontraron con sus vecinos del Espinar, que volvían de Valbona. Llegan con las caballerías cargadas sólo con la conserva recuperada, que días antes había enterrado Francisco. Las casas aún están en pie y en los campos quizás pueda recogerse algo de trigo y cebada. Las ovejas desperdigadas por los campos balan llamando al pastor. Su padre las oye y entiende que no vale la pena quejarse. No hay tiempo para el dolor cuando hay que volver a empezar, como en tantas ocasiones ha ocurrido en estos lugares desde no se sabe cuando; las historias de bandoleros y de las guerras Carlistas fluye de los recuerdos vividos durante su propia infancia, miedos que quedan enrunados bajo el terror vivido durante los últimos meses.

Las tinajas de conserva, dejadas enterradas en Formiche, fueron la comida de aquel verano para comenzar a cosechar lo poco que quedaba en los campos, las cebadas y centenos de sus masadas y las de aquellas donde los campesinos no volvieron. Ese año no habría jornaleros castellanos y hasta los niños tuvieron que ayudar. La tía Maria del Espinar se enfadó cuando la madre de Justo mandó a las niñas arrastrar el diablo, un enorme rastrillo con el que recoger las espigas que quedaban, tras pasar los segadores con la corbella, como llaman en Aragón a la vieja hoz utilizada para segar el cereal, en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda protegiendo los dedos de su corte y agarrando la mies antes de cortarla, recordándole que para tirar estaban los burros que estaban en el ribazo pastando sin trabajar. Entre tanto dolor y sufrimiento, aquella mujer no perdió el sentimiento de ver unas niñas como tales, niñas que no podían perder su infancia por la locura de los mayores.

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