REENCUENTRO CON EL BARRIO

Pequeñas casas sobreviven a los tiempos modernos en los Arreñales del Portillo. Durante los años cincuenta del siglo pasado se urbanizaron detrás de la fábrica de El Tubo unos bancales de arcilla con cultivo de cebada y rezumaderos de agua con juncos. Surgieron  cuatro nuevas calles en la ciudad de Teruel: San Silvestre, San Lucas, San Mateo y San Ambrosio, enlazadas por el camino que conduce hacía Los Monotes. El barrio se fue poblando de  pequeñas casas adosadas de una planta con un  pequeño corral.

El sueño de matrimonios muy jóvenes era tener una casa. Los obreros invirtieron  en su sueño dinero y trabajo. No eran tiempos de hipotecas, ni baratas ni caras, con sus escasos ahorros, en muchas ocasiones debiendo pagar el importe en varios plazos al propietario, compraban  el terreno de 200 metros cuadrados. Con una plano casi calcado de cada una de las casas, fueron levantando su hogar bajo  la inspiración sin ellos saberlo del modelo de Ciudad Jardín. Una vivienda  de no más de 90 metros cuadrados con  100 metros de corral donde criaban animales de autoconsumo: conejos, gallinas…, sin faltar en cerdo, que se alimentaban con las sobras de la casa y el aporte de  plantas  silvestres  de los alrededores. Con ello proveían de proteínas a la dieta familiar y obtenían un ingreso extra con la venta.

Eran tiempos en que la autarquía  no facilitaba obtener materiales. Escasos, caros y en el caso de algunos como el cemento de dudosa calidad. La economía circular funcionaba por obligación en la administración de estas casas desde el mismo  momento de su construcción.  Las mujeres por las tardes se acercaban a las escombreras donde se acumulaban las ruinas que la guerra civil había dejado en la ciudad, para  recoger restos de ladrillos, adobes, tejas….. Algún conocido labrador del arrabal con carro les ayudaba para, cuando el marido  terminaba el trabajo por la tarde, cargar los materiales y  llevarlos al barrio. Con ellos, en  comunidad, los fines de semana iban levantando la casa.

El trabajo en común de los vecinos fue también el que fue llevando los servicios públicos imprescindibles: agua, alcantarillado….. Con sus manos fueron ellos los que cavaron las zanjas  y  enterraron las tuberías. Las mismas manos que cada mañana barrían la calle para mantenerla digna,  hasta que el Ayuntamiento en la década de los setenta fue asumiendo compromisos con este barrio.

Su peculiar arquitectura conserva la humildad con la que nacieron  y el esfuerzo  con el que se construyeron. Setenta años después siguen en pie, rodeadas  de nuevas edificaciones que a lo largo de este tiempo  se han ido levantando en nuevas parcelas de suelo urbanizado sobre antiguos campos de cultivo de secano, eras y pajares que durante décadas ocuparon este espacio de la ciudad. Son muchas las casas de estos barrios que se han ido remodelando conforme el relevo generacional y la mejora del nivel de vida ha llegado.

El urbanismo de este barrio  surgido en tiempos en lo que el coche no era el protagonista de la calle, sino los niños jugando y los corros de los vecinos en torno a conversaciones mientras las señoras remendaban los pantalones, tejían con aguja y lana o laboraban con ganchillo una colcha de algodón. Hoy la calles   la ocupan  vehículos que quitan el  lugar al espacio común. Sin lugar a dudas no ayuda a consolidar el  espíritu de comunidad del que surgió un barrio que se autoconstruye solo. Ese sentimiento imprescindible para  mejorar la calidad de vida de quienes allí habitan. El movimiento vecinal de los barrios del Arrabal y del Carrel  van logrando la  recuperación de espacios verdes que parecían olvidados con el fervor de la construcción arrastrado por el siglo XXI.  Pero estas calles estrechas demandan un paso más derivando los coches a un segundo plano, por un sentido común de que con esas dimensiones no caben y se dificulta la circulación y la convivencia con el peatón.

Constituye el rescoldo de una de las últimas experiencias de autoconstrucción, que se desarrollaron en la ciudad de Teruel. Como dice la arquitecta angoleña María Joao Teles-Grilo, que analiza experiencias de asentamientos informales en poblaciones descolonizadas por Europa: «En el siglo XX había un sentimiento mesiánico. Había una vinculación entre el poder de los arquitectos y los urbanistas que diseñaban sobre el tablero las ciudades donde vivimos articulados con el poder político, y las personas se adaptaban a todo eso. Todo ello se hacía en un tiempo lento. La aceleración actual no tiene nada que ver con el siglo XX. La fragilidad del empleo y de la vivienda liberaron a las personas de ese sentido mesiánico, aunque hay una resistencia. Hoy comienza a ser un camino el poder participativo de la ciudadanía». En su análisis de las grandes manchas territoriales de las ciudades determinadas por la autoconstrucción en Angola, encontramos una explicación que también puede explicar la experiencia en Teruel que comentamos se desarrolló hace setenta años: «En Angola sólo el 10% de la población puede pedir un préstamo para comprar una casa. Esto excluye a parte de la clase media. Las personas encontraron una solución con medios propios para garantizar su rentabilidad».

En el barrio de los labradores del Arrabal, en el entorno de la Plaza Mayor,  también sobrevive  alguna edificación típica. Casas estrechas y profundas, de dos y tres plantas, con una puerta  de entrada amplia que facilitaba  el acceso del carro o las caballerías, así como un granero. Sobre la pequeña ventana de la última planta de la vivienda, todavía sobrevive una polea, que cuelga del alero, con la que se elevaban el alfalfa, los sacos de cebada y todo lo que era almacenado en el desván de la familia campesina.

Poco a poco bloques de apartamentos van sustituyendo los edificios tradicionales. En muchas ocasiones  sin  guardar  símbolos de su pasado que recuerdan la identidad del barrio.  La individualidad no es ajena a los nuevos tiempos y se va imponiendo aquí, donde incluso la fuente de agua potable era un espacio común. En torno a ese arraigo, que no deberían perderse,  habría que experimentar en la remodelación de las viviendas y la construcción de nuevos edificios desde las teorías del arquitecto Le Cobusier, que hoy llevan a la práctica nuevos creadores de hogar que en la actualidad desarrollan diversas experiencias en lugares no muy alejados de esta ciudad.

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