
Cuando en los días del final del verano te comes una fruta del manzano, que sobrevive junto al arroyo de los viejos huertos de la Casa Grande de la Baronía de Escriche, hoy abandonados y ocupado por cardos, espinos y zarzas, sientes saborear los recuerdos de quienes llenan el árbol genealógico de tu vida.
Ya lo sentí cuando al final de la primavera, allí mismo, comí las cerezas. Al igual que cuando a principios de agosto tomé las pequeñas ciruelas amarillas que sobreviven a pesar del paso del tiempo.
Esa nostalgia es la herramienta para vencer al olvido. En los recuerdos, están las narraciones que recogen tanto los días alegres que tuvieron los masoveros, como el horror de las tragedias que vivieron.

Mientras como la manzana, sentado en las piedras del muro desmoronado, se posan en la mata una pareja de mariposas copulando. Transmiten el amor a la vida. El que desprecian los tiranos cuando bombardean civiles indefensos para vencer en las guerras injustas, que en pro de su intereses promueven.
