
La mirada hacia el horizonte que nos ofrece El Puig de Galatzó saboreando el paisaje de la isla de Mallorca desde esta altura de 1.027 m.s.n.m, nos hace sentir la esencia de esta isla. La que encontramos en sus bosques, en su pueblos de piedra de la Tramontana, con sus bancales sostenidos en la ladera por muros de piedra seca, las sendas centenarias que comunican por caminos de herradura las aldeas, los restos etnológicos del aprovechamiento tradicional del encinar con la caseta y la plataforma donde el carbonero montaba la fogata para elaborar carbón vegetal, sus pequeños puertos en la costa quebrada…… en las pequeñas casas con su peculiares contraventanas de color verde o azul o en los viejos mercados que aún conserva la propia ciudad de Palma, donde la modernidad no ha sido capaz de conservar la identidad mallorquina.

Este imán que nos atrapa para conocer esta isla, a lo largo de las últimas décadas ha ido abriendo camino a una economía centrada en el turismo, que muere de éxito. Transforma e invade la vida mallorquina, haciendola cada día más difícil para sus pobladores.


Hemos iniciado nuestra ruta en Puigpunyent, siguiendo el camino viejo que comunicaba este pueblo con el de Estellencs. Atravesamos Son Fortaleza, una vieja posesión donde todavía disfrutamos de los bancales poblados de limoneros. Aquí iniciamos nuestra ascensión por una vieja senda flanqueada por bancales abandonados donde el pinar y el encinar colonizan el terreno perdido, junto a madroños y lentiscos. En ocasiones el camino lo limita un muro sobre el que se extiende una pequeña regata horadada en las piedras desde la que se distribuía el agua en los campos de cultivo.
Llegamos al Coll d’Estallencs. Un muro de piedra se abre en un portal que nos da paso a la ladera que cae hacía la costa del Mediterráneo. A los pocos metros de iniciar la bajada, tomamos una senda a nuestra izquierda abandonando el viejo camino que hemos seguido hasta entonces.

Nos adentramos en un profundo bosque Mediterráneo hasta llegar al Coll des Carniceret, bajo El Puig de Galatzó. No ascendemos por esta abrupta y exigente pared de roca caliza, seguimos la senda que tras atravesar una gran torrentera de piedras, donde nos vemos obligados a utilizar las manos para mantener el equilibrio al cruzar el río de rocas arrastradas, nos acerca hasta el Pas de na Sabatera, desde volvemos a tomar una senda señalizada por la que iremos ascendiendo hasta el punto geodésico de esta montaña. El encinar nos abandona y tras él el pinar de Pinus halepensis conforme nos vamos adentrando por un espacio de grandes rocas que hemos de ir sorteando hasta alcanzar un paso que nos lleva hasta el último repecho antes de alcanzar la cima. La vegetación que entre las piedras se extiende son brotes arbustivos de un endemismo de la isla, el Hypericum balearicum L., todavía en floración, junto enormes macollos de la gramínea Ampelodesmos mauritanicus, pinchudos arbustos de Juniperus oxycedrus o aromáticos de Rosmarinus officinalis L. En torno a ellas pastan algunas cabras asilvestradas, muy frecuentes en la isla.


Agotados alcanzamos la máxima altura. Junto al pilón de cemento nos recibe muy confiados un acento y un colirrojo tizón, acostumbrados a comer las migas de pan que caen del bocadillo de los montañeros que nos adentramos a esta montaña.

Desde aquí la plana de la isla esta cubierta por un mar de nubes de la intensa niebla que chorrea en la ciudad. Pero en los altos un intenso sol nos permite contemplar la ampliar vista del horizonte. Una mariposa limonera (Gonepterys rhamni), una especie que como la Vanesa atalanta, que volaba en el bosque, hibernan refugiadas entre las grietas de árboles y muros de piedra y aprovechan estos días soleados para disfrutar del vuelo durante algunos días del invierno.

Comenzamos el descenso. Debemos extremar la precaución de orientarnos para volver a encontrar el paso para sortear el cinglo por el que hemos subido por la senda y no quedar enriscados en la pared de roca infranqueable. Hemos de seguir con precaución los hitos de piedras que nos marcan el camino, son pequeños y en ocasiones pasan desapercibidos.

De nuevo en el Pas de na Sabatera tomamos la dirección hacia el Bol de ser Serveres en un intensa bajada donde en el último tramo en el fondo del barranco encontramos vetustos ejemplares de alcínas (Quercus ilex). Al llegar al merendero continuamos lo que sería una ruta circular que nos conectaría con el Pan de na Sabatera de nuevo, la otra opción para descender desde este lugar. Queremos conocer también el paisaje de esta ruta donde se localizan muchos elementos etnologícos en torno al aprovechamiento para obtener carbón vegetal al que durante años estuvieron sometidos estos bosques. Retomamos el regreso cuando la senda comienza a empinarse profundamente.

De nuevo en el merendero iniciamos el descenso por una pista forestal hasta alcanzar la carretera Ma-10. Desde aquí buscamos el enlace con el GR 221, que nos acercará hasta Estellencs siguiendo la línea de la costa, punto final de nuestra excursión.
Puede obtenerse el track seguido en esta ruta pinchando en WIKILOK .

