DALCAHUE Y LA ISLA QUINCHAO

Me levanto. Pongo lumbre a la estufa para que temple la temperatura del salón, que ha quedado frío tras un anoche gélida y lluviosa. Desde la ventana la ensenada, con la marea baja deja las orillas sin agua y emergen piedras y algas, andando entre ellas  correlimos y otros limícolas   andan rebuscando alimento; en el centro,  con  las aguas calmadas nadan  gaviotas, cormoranes, y otras anátidas que no logro identificar.

Preparo el desayuno y espero que se levanten las chicas para comenzar este nuevo día. Hace ya más de quince días que llegamos al país. Nómadas sin más horizonte que regresar  al finalizar el mes,  vamos descubriendo un paisaje, una cultura, una parte del mundo que desconocíamos  y que de tan lejos que estaban pensábamos que nunca conoceríamos.

Hoy nuestro objetivo es la Costa oriental. La propia isla la protege de las aguas abiertas del Pacífico. Sólo la oscilación de las mareas cambia la percepción de la costa. Es el lugar para ubicar los puertos, que encuentran el refugio a los grandes temporales. Dalcahue y pasar a la isla de Quinchao,  donde cruzaremos  con el coche en un trasbordador.

El día amanece con chubasco, pero el pronóstico es que hoy se estabiliza el clima antes del mediodía.

Mar y Alicia tienen trabajo de la Universidad. Así que, María Jesús y yo aprovechamos las primeras horas de la mañana para andar por Castro. Primero llegamos a los Palafitos con la marea baja que deja al descubierto los troncos donde se apoyan las casas. Es un barrio de casas de madera, casi frotando sobre las aguas, apretujadas, algunas  con tan escasa altura que dentro de ellas deben sus habitantes andar encorvados. Después paseamos por su plaza, escuchamos  a un predicador evangelista, con poco público, mientras de la Iglesia de San Francisco, al lado, salen los feligreses de la misa del domingo, no  sin antes saludar a su párroco. La Iglesia es de madera, de color amarillo por fuera,  dentro la madera en las columnas mantiene su tono natural también en las paredes, el suelo y el techo. Es acogedora, sus constructores lograron crear un ambiente para meditar. Terminamos visitando el puerto, donde se localiza el mercado de los artesanos, también la pescadería, a cuyas puertas  los lobos marinos  esperan los despojos.

Regresamos  a Nercón y paseamos por su iglesia  chilota,  Nuestra Señora de Gracia. Al lado el cementerio. Hoy hay entierro. Nos sorprende el recibimiento al féretro con música alegre; sin duda es una buena despedida, reconocimiento a una vida.

Recogemos a recoger a  Alicia y Mar  para emprender rumbo a Dalcahue. Comemos junto al mercado de artesanía, en las cocinerías. El lugar están muy animado de clientes, amenizado por música en directo con músicos locales que se turnan y luego pasan a recoger la voluntad. Comemos comida típica, sentados en la barra, mientras  vemos y olemos los fogones,  en mi caso creo que es el salmón más sabroso que nunca he probado, además acompañado de un refrescante vino blanco.

Terminamos de comer y partimos a la Isla Quinchao. Nos sorprende su urbanismo cuidado y ordenado, también la limpieza. Es un lugar tranquilo, con paisajes  abiertos, desde sus miradores en las colinas podemos observar casi toda la isla cubierta de vegetación –algunos bosques y zonas de cultivo y pasto para el ganado-, rodeada de océano; hoy además  está despejado y el cielo azul agranda todavía más el espacio.

Llegamos hasta el final de la isla en Chequian.  Un muelle y aldeas de campesinos diseminadas. La arena de la playa   acoge muchas aves.

En Quinchao la gran Iglesia absorbe toda nuestra atención. Dentro leemos los paneles que nos explican el proceso de su su restauración, también restos de madera de alerce procedente de su techo original. Se está celebrando una eucarística. El culto es más participativo que en las iglesias de Europa,  y en la celebración  se conserva  el folclore popular.

Por último antes de regresar visitamos Achao. Destaca aquí también su Iglesia  de Santa María de Loreto. Junto a ella en una cafetería, que parece recién inaugurada, tomamos un café y tarta. Sus dueños, muy amables, nos indican que pidamos la llave al cura y visitemos la iglesia por dentro. Ya se está poniendo el sol  y decidimos continuar. Nos acercamos al muelle y nos despide un enorme arcoíris   con su gran arco que une la isla con su vecina.

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