

Regreso aestos paisajes en el entorno de la Baronía de Escriche. A lo largo de la existencia de este blog han sido varias las entradas en las que he volcado opiniones e impresiones personales, tanto sobre los aspectos naturales del paisaje como de los sociales en torno a la vida en las masadas. Los relatos recopilados en estas últimas entradas lo son de los recuerdos de mi memoria por el vínculo familiar con aquellos que nacieron y vivieron en una de estas masadas, La Hita.
Una ruta sencilla, que transcurre en casi todo su recorrido por pista forestal, por lo que no tiene dificultad técnica, más allá de la distancia y el desnivel de casi 500 metros de ascenso total.

Domina el paisaje el pinar, Pinus nigra y Pinus syvestris, acompañados de vetustas sabinas albares (Juníperus thurifera). Junto a ellos una amplia cohorte de vegetación típica de formaciones donde domina el pino negral: Prunus mahaleb, Juníperus comunnis, Juniperus sabina, Rosa sp….
Es frecuente encontrar arboles con formas retorcidas que nos indican la dureza de las condiciones ambientales, que han superado y a las que se han ido adaptando en el transcurrir de su vida. Son comparables a los rostros curtidos por el sol, morenos y arrugados, de las personas que desarrollaron su vida aquí. Apenas quedan testimonios para contarnos sus experiencias. Quienes tuvimos la fortuna de compartir charlas con los últimos, recordamos que no existía amargura en la infancia vivida en estos montes, se enorgullecían de su capacidad para manejar los recursos del territorio de forma autónoma, tenían una melancolía especial cuando se referían a los bureos de las masadas en donde los adolescentes y jóvenes se divertían, bailes en torno a la música de la bandurria en los que se cuajaron tantas familias. El éxodo rural, que llegó tras la guerra civil que destrozó sus economías y las relaciones sociales, tanto mientras duro como en los años de la posguerra, sí que les entristecía al recordar como se fueron quedando solos y el momento cuando ellos también abandonaron su lugar.


Aquí las cimas se denominan cabezos. Cumbres abombadas, con un sustrato esquelético de calizas sin apenas capa de suelo fértil, en donde sobrevive una comunidad de vegetación abierta, dominada por las sabinas y enebros sobre un tapiz de gramíneas, la paramera. Se desgarran en profundos barrancos cuyas laderas acumulan humedad y proporcionan umbrías que protegen del inmisericorde sol del estio, cobijando las densas masas de pinar. Aquellos en los que el arrastre por las torrenciales lluvias ha modelado la posibilidad de extender bancales, todavía se siguen cultivando de cereal, en donde las espigas se abren camino entre las piedras que el arado arranca al labrar. Piedras, que con paciencia se van apartando en las orillas, donde montículos de ellas sirven de guarida a la fauna.
En los tiempos en que estas masadas estuvieron habitadas los ganados rasuraban la vegetación y evitaban que el bosque se cerrara en mansas densas donde el nacimiento de nuevos pimpollos en ocasiones impide penetrar en ellas. A finales del siglo XIX y principios del XX era tal la demografía de estos lugares que incluso se habitaban pequeños casetos, en los que hoy nos parece imposible que pudieran sobrevivir durante el invierno una familia.

Al llegar a las cumbres de Cabezo Alto las vistas son espectaculares, incluso y a pesar del parque eólico que ha instalado 18 aerogeneradores que rompen la armonía. Curiosamente hay quienes en esta sociedad mercantilizada han aprovechado para promover con paneles indicativos una ruta turística en torno a estos molinos de viento que producen electricidad.

Es sin duda una sacrificio de nuestro modelo socioeconómico. Podríamos aceptarlo con el objetivo de descarbonizar, contribuyendo al descenso de nuestras emisiones de CO2, que influyen en el cambio climático que observamos en los últimos años, coincidiendo el periodo con la aceleración de las emisiones al incrementarse la quema de combustibles fósiles con el objetivo de proporcionar la energía que ha movido la revolución industrial desde el siglo XIX. Pero podría justificarse en el caso de que el sacrificio de estos cabezos fuera una excepción, que no lo es, pues son la avanzadilla de nuevos proyectos de parques eólicos y de plantas fotovoltaicas, que pretenden extenderse a lo largo de la Sierra del Pobo, junto a aquellos proyectados a lo largo del Maestrazgo, el Matarranya, Sierra de Albarracín ó los ya instalados en la cuenca minera de Utrillas y la Sierra de Cucalón. Todo ese conjunto transformará el paisaje de la provincia de Teruel, con gran impacto en sus valores naturales y culturales, bajo un modelo colonialista, como el sufrido desde hace décadas con las explotaciones mineras, en el que la demanda de energía barata por parte de los centros industriales y urbanos se pretende cubrir explotando los recursos de estas zonas rurales deprimidas.
Atravesamos, conforme nos acercamos a la cima, restos de trincheras de la guerra civil de 1936-1939, testimonio de los intensos combates desarrollados durante la primavera de 1938 para frenar el avance de los rebeldes y salvar de su ocupación este punto estratégico, hecho que no lograron las fuerzas del gobierno republicano.
He comenzado la lectura de El amanecer de todo, una nueva historia de la humanidad, un ensayo de David Graeber y David Wengrow que plantean un nuevo enfoque de la evolución cultural del Homo sapiens. Desde el origen de la humanidad las comunidades han sido cambiantes para adaptarse a las nuevas condiciones o corregir errores que detectaban les llevaba el camino emprendido o simplemente experimentando para diferenciarse de los vecinos.
Resulta difícil entender porque nos hemos quedado anclados en un modelo del que somos conscientes evoluciona a un colapso ambiental y un agotamiento de los recursos, sustentado en un crecimiento constante de recursos limitados, en los que el beneficio obtenido lejos de enfocarse al interés general, es gestionado por una minoría que acapara las riquezas obtenidas.
Una minoría que domina el poder en este mundo globalizado. Es palpable su bajo nivel cultural e intelectual, la falta de empatía hacia el resto de la humanidad, impulsando en torno a su riqueza personal los mayores niveles de desigualdad social, la falta de equidad y el nulo interés por el bien común.
También estoy con la lectura de un ensayo, quizás un manual para afrontar el futuro, en el que se transcribe un dialogo entre Julio Ceballos y José Antonio Marina. Lo ha publicado FNAC y su titulo ya nos habla de su contenido: Ciudadanos o espectadores. La batalla por el pensamiento crítico: populismo y desinformación en el siglo XXI. Nos hablan de la necesidad de las comunidades para forjar su futuro de disponer de una ciudadania , que debe romper con la pasividad y el conformismo… Superar nuestra inclinación a elegir entretenimiento antes que entendimiento…. Ciudadanos que no se comporten como meros habitantes pasivos, sino como miembros activos de una comunidad interdependiente, estratégicamente orientada y cohesionada… El tipo de ciudadanas y ciudadanos que formemos hoy determinará si nuestras democracias sobreviven, si nuestras sociedades prosperan o si, por el contrario, cedemos espacio a la resignación, al populismo, a la fragmentación y a la decadencia. Transcribe un cita de Juncker, expresidente del Eurogrupo, con la que el texto ilustra el dilema de nuestras democracias entre la responsabilidad política y el populismo electoral: todos sabemos lo hay que hacer, simplemente no sabemos cómo volver a ser elegidos después de hacerlo.
El culto al dinero propicia la destrucción de espacios naturales. Su conservación supone la garantía de recursos ecosistémicos gratuitos como agua saludable, oxigeno… Pero también otros que la naturaleza salvaje nos ofrece y captamos con los sentidos. Emociones y sentimientos que nos ayudan a comprender y aceptar nuestra propia vida. Un regalo transitorio que hemos de disfrutar, compartiendo la experiencia con el Planeta que nos acoge y a cuya esencia hemos de regresar.
