FANTASMAS EN SUEÑOS

Uno de los recuerdos de la infancia alude a los fantasmas a la hora de dormir. Encontrabas protección cubriéndote con las sábanas, una barrera infranqueable por la oscuridad de la habitación. Significaban terror a lo desconocido: no sabías de donde llegaban ni adónde podían llevarte. Miedo a que te llevaran lejos de la casa y de tus padres, a que te robaran el aliento.

A cierta edad entiendes como irremediable, el precio de la vida. Vuelven los fantasmas en sueños. Pero no les temes, los reconoces. Son aquellos que nos dejaron, en algún caso demasiado pronto. A través de ellos mantienes el recuerdo, el que te permite volver a convivir con quienes fisicamente ya no están.

Te arrepientes no haber hecho la despedida cuando aún estabas a tiempo, de no haberles dicho que los querías. En tu interior se siembra la duda de si atendiste con todo lo que requería el dolor de la enfermedad que sufría quien se marchaba. Si te venció la impotencia al llegar el devenir a quienes te facilitaron todo para seguir el camino de tu vida y a los que tanto debías.

Los fantasmas no regresan para rendir cuentas. No pretenden revivir los días del dolor. Lo hacen para ayudarte a guardar los recuerdos de los días felices vividos. Y también para mostrarte sus propios sentimientos, que puedan ayudarte a entender los tuyos.

De algunos apenas guardas recuerdo. Apenas conviviste con ellos, pero son parte de ti a través de los relatos que otros te transmitieron para que entendieras tu propia identidad.

Así, algunas noches vuelves a la masada. Aparecen para hablarte de como sintieron regresar a ellas tras tres años de ausencia. Él, en California para obtener dinero con el que forjar una vida en familia. Ella, en Barcelona, como ama nodriza, criando a un bebe durante el duelo de la perdida de sus propias hijas en el parto. La montaña los acogió con el dulce aliento de su paisaje. La puerta de la masada les abría la entrada al modelo de subsistencia del que se habían apartado en los años de ausencia. Les cerraba la oportunidad de regresar a la vida que dejaban y habían conocido durante ese tiempo. Al reencontrarse con la casa sintieron las espinas que se clavaban en su pecho. La distancia entre la vida urbana y la rural eran inmensa. La medían cuando: cada día acudían a la fuente para abastecer la casa de agua, en las noches se alumbraban con teas de pino y alguna vela de cera ó en los momentos en que abrían la ventana y encontraban a la luna iluminando la tenebrosa oscuridad y el silencio roto por el aullido del cárabo desde el pinar.

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