IX. OLVIDO

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El silencio envuelve en una madeja sus pensamientos. Cuando pretende tirar del hilo, hacer ovillo, se rompe y no encuentra las palabras para tejer expresiones. Se desespera de no saber lo que pasa, de perder el sentido de la existencia. Retorna a la mudez para encontrar la paz en el vacío.

Le mira y no lo reconoce. Es su esposo, con quien ha compartido más de setenta años de su vida. Pensaba agradecerle que estuviera a su lado compartiendo hasta el final aquel camino que iniciaron cuando, dejando atrás la infancia, que no tuvieron robada por una guerra que no era suya, abandonaron la juventud casi sin vivirla para enfrentarse a ser adultos. Al mirarlo lo olvida y regresa a su pasado en donde sigue siendo niña y tiene la preocupación de que debe volver a casa para ayudar a la madre.

Con esos ojos claros envueltos en neblinas te mira y no te ve. Taladrados por racimos de pequeñas venas invadiendo y rompiendo los tejidos de la retina, que poco a poco le van cegando la visión. Quedan huecos, sin expresión, tristes. Pero al mirarlos siempre la encuentras a ella.

Los sentidos  le abandonan y parece perder la capacidad de sentir, salvo el dolor al recuperar la sensación de saberlo. Olvidar lo próximo y retornar a la memoria del pasado  le arrastra a la locura de no comprender lo que ocurre, sobre todo cuando le corriges, cuando insistes en preguntas que no obtienen respuesta. No es capaz de reconocer a quien le interroga, a ese que se empeña en recordarle que está olvidando todo, al que entierra los muertos que sus pensamientos devuelven a la vida

No te lo explica ella. Eres tu quien busca saber que le ocurre a tu madre cuando la vejez deteriora físicamente y mentalmente a la mujer que fue tu referencia y tu apoyo desde el momento en que naciste.  Ves agotarse la persona que resistió durante una larga vida a tantos encuentros infortunios. La desigualdad de haber nacido en una comunidad de masoveros  cuando iniciaban el éxodo que vació las casas, hoy ruinas, en unas montañas a las que han retornado el jabalí, el corzo, la cabra montés, quizás a no muy tardar el lobo. La guerra que llegó acompañada de odio, de destrucción y de ruina, allí donde los abuelos cobijados junto a la lumbre, envolviendo los recuerdos con la manta que los cubría, roían con rabia por no poder ayudar en las labores de una masada  con muchas bocas que alimentar y pocas manos que trabajar, donde los niños olvidaban pronto el juego y la escuela para dedicarse a cuidar al ganado. El odio  y la venganza que  llegó después a quienes no habían promovido la barbarie, los mismos que desde hacía años sufrían la injusticia de un país en el que los campesinos vivían la opresión de caciques y el hambre de no tener nada; una vez más callaron y se ocultaron. El frío de una casa construida con sus manos y la de su marido, con la ayuda de los vecinos, que se fue calentando conforme la fragua del esfuerzo forjó  una familia. La tristeza y la desesperación  siempre saliendo a su paso, superadas  rebañando de la nada alegría e ilusión con la que ha llegado  y han llevado hasta hoy a los suyos.

Vivió en la España rural, la olvidada y explotada por la ciudad. La de los campesinos que describe  Henry Buckley, corresponsal de The Daily Telegraph durante la Guerra Civil española, en su ensayo: Vida y muerte de la República Española. Al periodista británico no le gustaba Madrid por “inhóspito, ventoso y monótono” y le indignaba esa colmena burocrática en la que “un millón de españoles vivían  a expensas del resto de la nación”. Había viajado  a lo largo y ancho de la geografía del país y le escandalizaba la miseria en la que vivían los campesinos españoles y la brutalidad con que los trataba la policía y la guardia civil. Una España feudal en pleno siglo XX, donde las oligarquías (ejército, clero y nobleza) ocupaban el poder y la propiedad de las tierras.

Volvamos a los recuerdos. Le acompañaba su padre en aquel viaje de primeros de abril de 1939 cuando regresaba desde Zaragoza en el tren y escucharon a los soldados gritar que la guerra había terminado. Los vagones se llenaron de sonrisas que dejaban ver los dientes ennegrecidos y caídos de las penurias de aquellos terribles tres años en el que la tierra se estremeció con el estallido de miles de bombas, en el que las carnes se desgarraron a golpe de bayoneta y las gentes se humillaron con el miedo a ser señalado. Volvía de curar su ojo, rasgado mientras jugaba con un alambre -volverían de nuevo al hospital cuando su pequeño hermano se seccionó falanges de su mano al estallarle una espoleta abandonada jugando con ella en la era-. La sonrisa tímidamente regresaba a su cara después de un mes viviendo en el barrio de Torrero, donde se agolpaban campesinos que habían abandonado la pobreza del campo para trabajar en industrias insanas cuyo salario apenas les daba para comer, menos para vivir en una casa digna. Se alegraba de poder volver de nuevo con los suyos y su espacio, las lomas y barrancos de pinares y sabinas por las que junto a su abuelo llevaban el rebaño de ovejas a pastar. Ansiaba el momento de la tarde en el que empujar a los bueyes a abrevar a la fuente. Volver a reír junto a sus tíos, cuando en los descansos durante la siega y la trilla les acercaba las tinajas con longaniza, costillas y un botijo de agua fresca. Pero no volverían las experiencias vividas antes de la guerra, el miedo agarrado a las carnes permanecería durante años.

Miedo a hallar respuesta a las voces que desde la radio del vecino durante la  madrugada, atravesando la débil pared de la habitación, llevaban la clandestinidad de quienes buscaban saber lo que ocurría en el exterior del país. Se filtraba  en la alcoba de aquella joven que descansaba tras un día de trabajo duro. Comenzaba al amanecer para atender a los animales del corral, para ayudar al padre a limpiar la cuadra de la burra antes de salir hacía la huerta. Suplantaba a la madre agotada, enfermos sus pulmones por tanta carencia vivida en los años recientemente pasados, que continuaba acudiendo al trabajo en el matadero con el que aportar algo más a la casa, y cuidaba  al hermano pequeño. Cuando terminaba en casa, un breve descanso con un tazón de malta daba paso a  jornada laboral barnizando muebles; con ese trabajo llegaba un poco más de dinero con el que suavizar la escasez. Es posible que al regresar encontrará bajo la puerta una carta bordada con dibujos que contenía palabras preñadas de amor  escritas por el  chico con quien festejaba desde hacía dos años, enviada desde Jaca, donde cumplía el servicio militar.

Preguntaba a su padre por la riña presenciada durante la mañana entre las vecinas que recogían el agua en la fuente de la plaza, los cántaros habían rodado por la calle La Alforja y aún quedaban pedazos de los rotos junto a los adoquines del suelo. Las voces enfrentadas de las madres y las mujeres de quienes estaban presos y las de aquellas que engordaban  con el estraperlo, protegidas por ser del bando vencedor en la guerra. La respuesta siempre era la misma: haz oídos sordos y no te des entender que has de hacer mejor con consentir. Ella seguía sin comprender porque aquellos vecinos que cinco años atrás  compartían, hoy se odiaban separados por un muro invisible que dejaba a cada uno en un lado.

El verano  llegaba con domingos de merienda en la ribera del río Turia, con fiestas de los pueblos y barrios cercanos a la capital. Momentos para  reírse con sus amigas, ese encuentro de jóvenes que encontraban la ocasión para recuperar la sonrisa. Conversaciones sobre el chico que querían y que las miraba. Confesiones intimas con la amiga cuyo novio había marchado a Barcelona, desde donde le prometía una boda; el mismo que pretendió llevarla a la noche barcelonesa cuando acudió a casa de sus tíos en el Barrio Gótico de Barcelona, en los días en que visitó la clínica del doctor Barraquer para intentar recuperar la visión del ojo, y no la dejaron salir -con el tiempo cuando supo que había abandonado a su amiga entendió  el cariz de aquel muchacho-. Días en que el gris se convertía en ocre, pero nunca llegó hasta muchos años después el color a su vida.

Jóvenes que debían volver con prisa para no alarmar al padre y la madre, pero sobre todo a las vecinas beatas siempre vigilantes tras el visillo de la ventana que daba a la plaza. Otros domingos encontraba la ocasión para recorrer 16 kilómetros siguiendo la rambla del río seco y atravesando la vía del ferrocarril que llevaba el hierro de las minas Ojos Negros hasta el Puerto de Sagunto, tras saludar a los vecinos de Valdecebro,  llegar a La Zarzosa, la masada que ocupaban ahora sus abuelos y su tío tras dejar la Hita donde ella había nacido. Si llegaba pronto incluso se animaba a llegar a la del  Espinar y encontrarse con sus amigas, las hijas del tío Simón, que aún no habían abandonado la Baronía para bajar a Teruel.

Era su lugar. Allí había nacido y le gustaba  sus bosques, los bancales de centeno, las fuentes, los ásperos pastizales que cada primavera se llenaban de flores y cuando empezaba el otoño  de azafranes silvestres. Escuchar el balido de los corderos. Saborear la miel que los colmeneros siempre le daban cuando  les acercaba los machos y burros para bajar las colmenas cuando en septiembre retornaban como las ovejas al Reino.

Quizás por los sentimientos que le unía a esas tierras compraron aquel terreno  en las afueras de los arrabales, al lado del camino que tantas veces había atravesado ella y los suyos para bajar cargas de leña desde las masadas de la Baronía. a la ciudad de Teruel. El barrio  también lo ocuparon otros  hijos de masoveros que abandonaron el trabajo del campo para encontrar una oportunidad en la construcción, en los comercios, en el trabajo que ofrecía la ciudad –algunos que no lo hallaron aquí marcharon más lejos, al igual que lo hicieron aquellos  a principios del siglo XX para ir América, aunque entonces ocasión volvieron y ahora ya no regresarían-. Doscientos metros de antiguos campos de arcilla donde se sembraba  cereal, con rezumaderos de agua donde crecía los juncos. Allí levantaron una pequeña casa con los cascotes de las enrunas de las ruinas de la ciudad destruida diez años antes. Con un pequeño corral donde criar el cerdo, las gallinas, los conejos,  en el que plantaron un manzano que en verano daba sombra y en otoño sabrosos frutos, con todo ello se aseguraban alimento y economizar dinero  del sueldo  que llegaba del trabajo del  marido trabajando de sol a sol en el almacén de La Ronda.

Incluso algún año plantaron un pequeño huerto. En torno a este espacio, en la cuadra durante el invierno se celebraba el matacerdo invitando a toda la familia. En verano al aire libre  se comía los domingos paellas de conejo, pollo y en ocasiones caracoles. Encuentros  familiares con tardes de siesta a la sombra del  árbol.

Una casa que guarda también el recuerdo de tantos momentos de soledad. Las mañanas guisando lentamente una infinita y diversa variedad de platos cuyo sabor aún recuerdo. Platos que no se repetían cada día. guisos de conejo con pimiento y tomate, albóndigas con tomate frito, croquetas, palometa con cebollas, cocido de garbanzos y fideos con acelgas, lentejas o judías acompañadas de arroz. Tardes sentada junto a la ventana tejiendo jerseys de lana o colchas de ganchillo. Y al atardecer el retorno de todos en torno al calor del serrinero que caldeaba la cocina en invierno y donde asabamos manzanas bajo la estufa o fundíamos tabletas de chocolate en la tapa superior. Tardes con la tortilla de patata preparada para el bocadillo con media barra del pan del hijo mayor cuando volvía del trabajo. De esperar el regreso del colegio de la hija para sentir otra mujer en la casa. De mimos al pequeño. Noches reunidos en torno a la cena, cuando el marido regresaba y encontraban el momento de juntarse al completo la familia.

Crecieron los hijos. Los pequeños que llenaron de inocencia, que regaron de vida, que rompieron con el pasado. Lo lograron, alcanzaron un mundo mejor. Este que ahora anciana y con olvidos abandona para retornar a ese pasado lejano.

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