REDES PARA SALVARNOS

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Desde  la tesis defendida por  Yanis Varoufakis en su publicación: El Minotauro global,  con un currículo profesional alejado de la imagen frívola y populista que desde sectores oficiales nos han intentado transmitir de él tras su paso por la política a raíz de la crisis Griega -por cierto, olvidada hoy en las portadas de los informativos  ¿alguien sabe cómo están actualmente los Griegos?-, resulta alarmante pensar que el modelo de desarrollo que hoy vivimos en los lugares privilegiados del mundo no es fruto de la casualidad, si no de un diseño planificado  por un país, EEUU, y por las elites mundiales del mundo de las finanzas ubicadas en Wall Street.
Aún es más preocupante, que esta forma de organizarnos reciba la aprobación de una mayoría social respaldada por las sociedades democráticas donde libremente hemos elegido representantes políticos que apuestan y respaldan  su continuidad. Anestesiados por la capacidad de participar en el consumismo que mueve la economía mundial, olvidamos la realidad de habitar un Planeta finito en recursos. La carga ecológica de cada habitante de los sectores favorecidos por el desarrollo, no digamos ya la de la minoría que acapara la mayor parte de la riqueza generada, no es exportable debido a sus propias limitaciones y,  a pesar de que sólo unos pocos disfrutamos de este nivel de vida, nos dirige a un colapso de civilización.
Avanzado ya el siglo XXI  no sentimos vergüenza de cerrar nuestras puertas a la oleada de refugiados que huyen de las consecuencias de las guerras originadas por el control de los recursos naturales básicos que requiere el llamado “progreso”. Y sobre nuestros vecinos más cercanos, olvidando las nuevas desigualdades sociales surgidas en los últimos treinta años con la revolución tecnológica, argumentamos su pobreza sobre criterios de acusaciones de vagancia e incapacidad, olvidado la defensa de valores de reparto de la riqueza con justicia e igualdad; giramos la vista a la historia más reciente para comprender las consecuencias de esta forma de actuar.
Quienes manifestamos una especial sensibilidad hacia este devenir, que vivimos, no somos capaces de aunar esfuerzos en, desde la diversidad, aupar una apuesta por un modelo político que dé un giro en el  destino que nos acerca a una profunda crisis  con consecuencias  dramáticas, como las que determinados lugares del planeta ya están padeciendo a raíz de los cambios ambientales y sociales, acelerados por el modelo económico actual. Algunos autores denominan a esta situación presente “la gran aceleración”  e incluso por las consecuencias que comienzan a divisarse se atreven a definir como un nuevo periodo geológico iniciado: el antropoceno.
Jorge  Riechmann, en Diciembre de 1994 publicó en la revista Viento del Sur:   “Como un arrecife de coral. Algunas tesis sobre ecologismo,  parlamentarismo, transformación de la política y necesidad de un nuevo tipo de ‘partido de nuevo tipo'”. Es interesante recordar que han pasado 27 años y ya en ese momento transmitía la necesidad de una organización política que sea como un arrecife de coral –construida por acumulación creciente en forma de redes-, capaz de ayudar a vertebrar una sociedad cada vez más descoyuntada por el capitalismo del siglo XX; dando cobijo a la diversidad de opiniones con un nexo de unión: lo comun.
A principios del año pasado,  Rieschmann, también en la revista Vientos del Sur, publicó: “Ecosocialismo descalzo en el Siglo de la Gran Prueba”. Resumiendo las bases de su último libro: “¿Vivir como buenos huérfanos? Ensayos sobre el sentido de la vida en el Siglo de la Gran Prueba”, da por sentado el colapso inevitable al que nos dirigimos, ahonda en el tema de como colapsar mejor y, lo más importante, poder resurgir tras él.
Embobados en la idea de compartir las riquezas del capitalismo, de formar parte de ese sueño, seguimos ciegos a su realidad. Nos dejamos persuadir por la esperanza en su capacidad tecnológica para resolver los problemas ambientales desencadenados durante la producción y el consumo, también por su arquitectura financiera para organizar social y económicamente la sociedad con el único fin de generar  riqueza; la riqueza  no necesariamente va asociada a mejorar la calidad de vida y aportar felicidad a las personas.
Las respuestas a cuestionarlo continúan en las palabras y paradigmas de los intelectuales. Carecen de un  liderazgo político capaz no sólo de transmitir, también de animar a participar en el debate a los ciudadanos protagonistas de esta historia. Carecemos de un sistema de redes  que hagan fluir el dialogo sin el miedo y la autocensura a exponer cada una de las ideas que como ciudadano seamos capaces de aportar. Bajo este clima el desencanto está servido y las posibilidades de cambio alejadas. Silenciadas las reflexiones en torno a la locura de apoyar el modelo  que nos ha llevado a la situación actual, las puertas del desastre están abiertas.
Releer, 40 años después de su primera edición, “Lo pequeño es Hermoso”,  escrito por Ernst Friedrich Schumacher, nos puede ayudar a regenerar las últimas células de nuestros cerebro que crecieron  en el transcurso de los años del llamado “milagro económico”  y marchitaron con “la crisis  del 2008”.

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