Papaver hybridum
Hoy la niebla cubre el fondo del valle del río Alfambra. Las cumbres de La Sierra de El Pobo están despejadas. Los rayos de sol calientan el páramo que despierta del invierno en una prolongada primavera, como hace años que no conociamos. Aquí, que estamos acostumbrados a que sea efímera, en la que pasamos de extremecernos con el frío invierno a extenuarnos con el fuerte calor del breve estio, estos años en que llueve abundantemente durante los meses de abril y mayo, unas condiciones que mantienen una temperatura templada, vemos prolongarse la estación con largas semanas en que los campos se tiñen de verde, se van llenando de intensos colores de la floración de las plantas, incluso sentimos prolongarse los cantos nupciales de las aves.
He aprovechado que la paramera de El Pobo invitaba a pasear para andar por sus lomas. Como en años atrás, ya lejanos, cuando disfrutaba de excursiones en el Campo de Visiedo buscando conocer los encantos de estos lugares, después de leer una pequeña guia publicada en 1992 por la entonces Secretaría de Medio Ambiente, Las Estepas Ibéricas, en la que el biólogo Francisco Suaréz Cardona, el ecólogo González Bernáldez que entre otras muchas facetas nos enseñó el camino para interpretar el paisaje y sobre todo a interesarnos por conocer y conservar la naturaleza, junto a los también biólogos Helios Sainz Ollero y Tomas Santos Martinezs nos explicaban su evolución a consecuencia de los usos tradicionales ancestrales del mundo rural. Y al igual que entonces, en este territorio de la mariposa Erebia epistygne, no sólo me encontrado con esa vegetación rala e intensamente perfumada, cuyos aromas te impregnan cuando vas pisando los tomillos y las ajedreas, con la extrañeza de sentir la humedad en las perneras y las botas al rozar las stipas y las gramineas que en unos días se moverán como olas en un intenso mar de hierba. He pérdido la facultad de identificar la amplia variedad de pequeñas aves esteparias, que trinan y se elevan al cielo, para ceñirse en él; es la forma dejarse ver en un espacio donde es díficil encontrar elevaciones para señarlar tu territorio.
La floración atrae a rebaños de abejorros y otros insectos que aprovechan estos tiempos de bonanza para saborear el nectar. Entre las flores llama la atención las amapolas, no las común (Papaver rhoeas), que invade los campos de cereal y las cunetas y ribazos de sus linderos, sino la modesta amapola triste (Papaver hybridum). Esta humilde pero no menos bonita amapola, es una planta cuya flor apenas permanece un día en la montaña. Junto a ella pintan el color del campo las biscutellas, saponarias, centaureas, anthyllis, bellis, hieracium, arenarias, nazarenos, tomillos,… incluso las carrascas estan gozosas con razimos que auguran un buen año de bellotas, que alimentarán a tantos animales durante el otoño, para afrontar las escaseces del invierno.
Una corza recien parida, que seguramente ha dejado escondido su pequeño corcino entre la hierba, salta entre los arbustos, llamando mi atención para alejarme de su retoñó al que no localizo.
Veloz, la niebla ha ascendido desde el valle y se ha ido difuminando, con la misma rapidez con la que han comenzado a crecer nubes de desarrollo vertical que pronostican fuertes tormentas a partir del mediodía. Aprovecho este momento del día para realizar el transecto de seguimiento de mariposas.
Siguen siendo escaso el número de ejemplares que vuelan. Pero es agradable reencontrarse con especies, que por la experiencia de años pasados sabes que van a volar durante estos días. Es el caso de la Doncella punteada (Melitaea cinxia) y Montañesa vacilante ( Erebia triaria). Junto a ellas vemos algún ejemplar de Colias de Berger (Colias alfacariensis), Blanquiverdosa (Pontia daplidice), Bandera española (Anthocharis euphenoides), Manchas verdes (Glaucopsyce alexis), azul (Pseudophilotes panoptes), Ajedrezada (Pyrgus malvoides). Y nos alegra coincidir con una nueva, la Banda anarajada (Scolitantides orion), que como es habitual tomamos con reserva a la espera de nos confirme la identificación el profesor Miguel López Munguira de la Universidad Autonóma de Madrid, que desde hace cuatro años nos coordina a los vboluntareios turoleneses de este proyecto de ciencia ciudadana.