CAMPESINOS

Cada anochecer, antes de acostarse, Justo se asomaba a la puerta de la calle para mirar el cielo. Comprobaba la luna y la dirección del viento. Aspiraba sensaciones. Seguramente por unos momentos viajaba en el tiempo a aquellos años en los que vivió en la masada, incluso recordaría su experiencia en California durante la década de 1920 y también los dolorosos tiempos de la guerra civil de 1936. También en esa mirada al firmamento pensaría en Concepción. Pronosticaba el tiempo en base a sus observaciones con el apoyo de las notas obtenidas al leer el Calendario Zaragozano.

Encontramos en Wikipedia que: ”El Calendario Zaragozano es una publicación anual española que incluye una predicción meteorológica no científica del tiempo para un año, así como un almanaque. Este pequeño boletín se edita desde el año 1840 por Mariano Castillo y Ocsiero (es la persona que aparece en la portada de la publicación, y que se anuncia como el «Copérnico español»), e incluye esas predicciones. Ya desde las primeras publicaciones se hizo muy popular, sobre todo entre los campesinos. El contenido del pequeño boletín viene indicado por el subtítulo: «Juicio Universal meteorológico, calendario con los pronósticos del tiempo, santoral completo y ferias y mercados de España». Es frecuente encontrarlo comercializado en librerías y quioscos. El nombre del almanaque es un homenaje al astrónomo español Victoriano Zaragozano y Gracia Zapater que en el siglo XVI elaboraba sus propios almanaques. Esta publicación, debido al éxito alcanzado en España, fue imitada en países de América Latina, como es el caso de Venezuela, donde en el siglo XIX se editaba el calendario de Rojas Hermanos”.

En la retrospectiva que da la mirada al pasado, debo decir que los pronósticos del abuelo eran tan certeros como los D. Mariano Merina, el hombre del tiempo de la Televisión Pública, la única que teníamos entonces en España.

Aplicaba su experiencia al recoger con su mirada fenómenos atmósfericos repetitivos del entorno donde vivió. Conjuraba factores como las nubes en el cielo, el viento, la fase lunar….., que se repetían a lo largo de las estaciones, para avisar de una fuerte nevada, periodo de sequía o la llegada del calor. En su vida ser capaz de predecir el tiempo era importante para tomar decisiones trascendentales como: la siembra, la cosecha, la trilla, el manejo del ganado….. incluso la matanza del cerdo, que requería de periodos fríos y secos para curar la carne.

Nosotros, niños entonces, éramos incrédulos ante la actitud del abuelo, un hombre que siempre se levantó con la salida del sol y se acostó con la puesta, el momento en el que el día da paso a la noche. Perdimos la oportunidad de aprender de sus consejos. Ensimismados con los cambios que traía la nueva vida en el país, ridiculizamos la tradición apostando por el modernismo que nos llegaba con la televisión. Queríamos liberarnos de la tiranía de aquella y caímos en la de la tecnología y la modernidad. Sin saberlo nos liberamos del yugo de la comunidad para caer en el cepo del individualismo y el consumismo.

Cuando hoy miro en el atardecer el cielo, al acercarme a la edad que en aquellos años tenía mi abuelo, pienso en ello. Pero sobre todo siento mi ignorancia frente a la sabiduría autodidacta que tuvo aquella generación campesina.

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