
Hasta hace no muchos años, la sociedad rural utilizaba el término “Tío” para dirigirse a una persona, generalmente mayor, atendiendo a un reconocimiento del aprecio ganado por la edad y la experiencia. Una muestra de respeto que la comunidad otorgaba dado valor a la trayectoria de su vida.
El “Tio Simon” en la década de mil novecientos setenta, junto a su hermana Pilar, subía a Teruel tras pasar el invierno con su hija en un pueblo de Castellón, para estar durante la primavera y el verano con sus otras hijas. En esa época lo conocí. Eramos vecinos y además mi familia y la suya procedían de la Baronía de Escriche; hay amistades que se acercan hasta entablar lazos familiares por las experiencias compartidas en la que la ayuda mutua ha sido constante, así se explica porque en mi casa nos dirigíamos a él con el tratamiento de Tio. Nos encontrábamos paseando por las eras y las conversaciones eran frecuentes y amenas; para mi, un muchacho de doce años, significaba hacer un viaje hacía los orígenes acompañado de una persona mayor, que no era de la familia.
Junto con su mujer, la tía Maria y sus hijos, eran los masoveros del Espinar. Una pequeña masada cercana a los altos de Cabezoalto, junto al camino de la Casa Grande a Cedrillas. Estos terrenos de la parte alta de la Baronía de Escriche son de arcillas impermeables donde brota suficiente pasto para mantener vacas. En ellos se extiende un tapiz verde en los meses benignos, que se oculta en la dureza del largo invierno con fuertes nevadas cubriendo la tierra. Es un paisaje suave que contrasta con la áspera y seca roca caliza manchada con un tímido color verdes pálidos de los líquenes que se adhieren a sus poros, que se extiende por los cabezos que rodean a estas islas de arcillas y areniscas de un tiempo geológico anterior, desfiguradas por pliegues y la erosión que ha arrasado sus perfiles.
El Espinar hoy son ruinas. Quienes no conocen su pasado pensaran, al ver las piedras de sus paredes tumbadas, que es una paridera de vacas. Difícilmente imaginan que aquí habitaba una familia con siete hijos, dos chicos y cinco chicas. En aquella masada no faltaban noches de bureos para ayudar a que se conocieran los mozos, que surgieran pretendientes para festejar con las jovenes a las que había que casar. Un lugar hospitalario donde el Tio Simón atalantaba a sus vecinos y amigos.
Hablar con él transmitía confianza y sobre todo serenidad, lo que daba veracidad a sus comentarios. Hablaba pausadamente y fluían sus recuerdos desde esa calma como una manantial que brota para refrescar la memoria. Un hombre bueno, con un carácter propicio a facilitar ganarse el respeto entre sus vecinos cuando vivía en la Baronía de Escriche, donde durante muchos años ejerció de “Juez de Paz” entre las gentes de la aldea.
Debió resolver conflictos como las denuncias cuando el guarda sorprendía a algún masovero cortando un enorme pino para obtener una gran viga con la que volver a levantar el tejado desplomado de la paridera. El bosque no entraba entre los recursos que el contrato de arriendo daba a los masoveros y la madera era cara para una economía de subsistencia. Mediaba en los enfrentamientos entre masoveros por dejar a las ovejas pastar en campos del vecino o permitir su entrada para pastar enun sembrado. Para solucionarlos debían tener la capacidad de ejecutar la justicia y la ley, aquí muy vinculada a la costumbre. Se hacía necesario dejar constancia de que las normas estaban para cumplirlas, pero sin imprimir tensiones que llevaran a un ambiente de odio y venganza que pusiera en riesgo la futura convivencia entre las gentes de la Villa de Escriche. Sus decisiones eran respetadas por que sus vecinos lo admitían como un hombre justo. No debieron faltar las ocasiones en que se requirió su mediación entre los amos y los campesinos para alguno caso de necesidad urgente, o para limar las diferencias a la hora de renovar el arriendo cuando finalizaba el mes de Septiembre.
Hasta que falleció siempre le acompañó su hermana. Una mujer menuda pero fuerte, su fortaleza no la expresaba su físico sino su interior y su voluntad. Había estudiado. Los estudios los pagó el Barón. Cuando en el verano todos los masoveros formaban en la plaza de San Bartolome para dar el saludo al amo y recibir una caridad, la niña tullida conmovió a los dueños. Decidieron darle estudios como garantía de un futuro que un invalido difícil podría encontrar en unas masadas donde se precisaba fuerza. Al poco de nacer enfermó de polio y todos supieron que, aunque había sobrevivido a la enfermedad, nunca más podría andar; sin piernas era difícil vivir en unas tierras donde los caminos son sendas para animales de carga. Cuando terminó sus estudios volvió a la masada con los padres. No se rindió a permanecer inmóvil en la puerta de la masada observando pasar la vida, enseñó a la burra a acercarse a la piedra, junto a la puerta de entrada de la casa, y desde allí se aupaba sobre el lomo de la caballería cubierto con una manta para evitar el contacto directo con la piel del animal. Con ella se desplazaba por cada una de las masadas. En las tardes para bordar y coser encargos de las gentes, sobre todo cuando se acercaba alguna boda y había que preparar el ajuar. Por las noches para enseñar letras y cuentas a los niños que no tenían otra oportunidad de aprender.
Su yerno fue una de las últimas personas en abandonar la Baronía. Enamorado de su vida en las masadas era un libro abierto de recuerdos. Sentía su identidad y origen cuando narraba relatos de su pasado en este lugar.
Había vivido en la Atalaya, después en la Hita y creo que en los últimos años en la Casa Baja. Tuvo encuentros con el maquis como cuando aquel hombre les pidió alojamiento un atardecer en la Hita y tras darle de cenar y dejarle dormir en el pajar, a la mañana siguiente ya no estaba; ó cuando fueron a marcar una subasta de pinos en los estrechos del río Mijares y se les acercó una cuadrilla preguntando por el empresario que compraba la madera, aquél vestido con pantalón y chaqueta de pana, como el resto de obreros, ocultó su identidad, nadie le delató y probablemente en aquel momento salvo su vida.
Recordaba datos de la noche en que se incendió la masada de La Zarzosa. Vivía con sus padres en la Casa Baja cuando a media noche acudió Francisco pidiendo ayuda para apagar el fuego que quemaba el pajar y amenazaba la casa. Vivían solos, madre e hijo, tras la muerte del padre y la marcha de los hermanos a la ciudad. Acudieron y lograron salvar la mitad de la masada. El incendio les hizo rendirse a continuar trabajando esa tierra y precipitó la decisión de abandonarla definitivamente. Se fueron a la casa en Teruel. La había comprado viente años atrás, junto a algunos campos de secano, con los dólares de oro de los Estados Unidos de América, no muchos, traídos de California, donde marchó junto a su hermano en la esperanza de obtener un poco de dinero que la tierra donde había nacido no le daba. Aquellos años, en mil novecientos cuarenta y cinco, además el ambiente estaba muy rancio con la presencia del maquis, guerrilleros del PCE llegados de Francia al acabar la segunda guerra mundial, a los que se unieron los huidos perseguidos tras el fin de la guerra civil, que todavía quedaban ocultándose en la Sierra. Contra ellos el gobierno organizó las contrapartidas de la Guardia Civil comandadas por el General Pizarro, encargadas de cortar, a cualquier precio, el apoyo que los campesinos pudieran dar a quienes todavía no se resistían a dejar el país en manos de una dictadura que estrangulaba a las gentes para imponer su poder.
Los campesinos de las masadas eran como todas las sociedades gentes con distinta personalidad, ideología o creencia. La necesidad de hacer entre todos una comunidad que se ayudara en momentos difíciles, obligaba a disfrutar de la alegría en los días de celebración, como el veinticuatro de Agosto, día de San Bartolome, en el que las familias de todas las masadas se juntaban a compartir viandas y dulces en la Fuente de los Cinco Caños, para al atardecer acudir al baile en la Plaza de la Casa Grande.
El camino desde la Fuente a la Plaza lo hacían siguiendo la acequia en la que el agua discurría por troncos de pino ahuecados, que llegaban hasta el lavadero más cercano a la Casa. Flanqueaban la ruta hileras de árboles frutales, que en primavera coloreaban y aromatizaban el lugar, y en los días de Agosto refrescaba a los mozos que, ya acalorados sobrepasados por el exceso de vino tomado con la comida, bailaban acariciando las caderas de las mozas.
La Comunidad de vecinos sólo se sustentaba si se mantenía la cordialidad en el talante y la vista puesta en un proyecto común que garantizara un futuro para todos. Lo que exigía renuncias importantes de intereses personales.

Recuerdo al Tío Simón y su semblante tan sereno.
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