VIEJOS ARBOLES

La constancia de las fuerzas geológicas en el tiempo es responsable de que los relieves de calizas jurásicas aparezcan plegados, elevados y fracturados. Se encajan los barrancos y la pendiente incrementa la erosión y el transporte de los materiales disueltos y arrancados a la roca. Nuevos depositos terciarios y cuaternarios se acumulan y en estos suelos profundos arcillosos y arenososos encuentra la vegetación el medio donde sobrevivir. La riqueza de estos suelos la aprovecharon los hombres para establecer sus campos de cultivo. Los cultivos encuentran en esos suelos los nutrientes para prosperar. Allí hay un hervor de vida, el que busca el jabalí al hozar con su jeta en busca de lombrices, escarabajos, bulbos y raices, abriendo un surco que a su vez ayuda a oxigenar la tierra.

En estas tierras es donde el término municipal de Corbalan conserva los ejemplares de quejigos (Quercus faginea) con mayor porte de la Comunidad de Teruel. En Villalba Baja sobrevive un viejo abuelo envejeciendo conforme se va desplomando la copa, significativo ejemplo de la estructura del bosque que hace siglos debio existir en estas tierras.

Hoy solo se cultivan las parcelas del fondo del barranco, pero antaño llegaron a abancalarse las laderas. Los ribazos se sujetaban con muros de piedra, que junto a las raices de árboles y arbustos conservados en sus linderos sujetaban el suelo evitando su deslizamiento por la pendiente.

Estos robles destacan por la robustez y la altura del tronco. Normalmente, junto a las carrascas, conforman masas impenetrables de delgadas ramas. Una formación arbustiva, “la maquia” que surge de los rebrotes de los sucesivos turnos de corta para leña. Su crecimiento se estanca por la excesiva competencia por los recursos: las cortas periodicas cada 30 años rejuvenecen la masa forestal y en caso de no generarse, en periodos de largas sequias comienzan a secarse. Los viejos robles del barranco de la Hoz debieron ser indultados por su función protectora. Es normal que en el paisaje se conserven estos hitos para señalar el camino de la senda, para tener una sombra donde guarecers, para retener de la erosión los campos ó simplemente por aspectos sentimentales del propietario.

La llegada de la mecanización del campo inició el abandono de las pequeñas parcelas donde no era posible entrar con el tractor. Estas tierras comenzaron a recuperar su estructura asilvestrada. Las hojas que cada otoño depositan los árboles van generando un excelente suelo, que aprovechando la frescura de la umbría alimenta la comunidad de arces, espinos y majuelos, que junto a los jóvenes quejigos nacidos de las bellotas hoy comienza a levantar un nuevo bosque.

En contraste, las vecinas asperas laderas de suelo calizo solo son capaces de colonizarlas los pinos negrales y las sabinas albares, que extienden sus raices en busca de las fisuras de la roca donde anclarse. Un bosque muy adehesado en constante lucha por los escasos nutrientes del suelo, que levanta sus copas al cielo para captar los rayos del Sol -energia imprescindible para realizar la fotosintesis-. Bajo ellos sobreviven matas de tomillo, espliego y aliagas, plantas aromáticas que dan a estos paisajes un olor especial.

Frente a las laderas de la umbria donde se localizan los quejigos, las laderas de la solana son un bosque de sabinas albares y carrascas.

Los ribazos también conservan grandes sabinas albares. Sus troncos aparecen retorcidos. Son esas arrugas que la vejez imprime en el rostro.

En estos habitat encuentran su hogar inumerables aves, insectos y mamiferos.

Muchas de estas especies cada día son mas escasas. Por ello es importante conservar estos ambientes en los que, por poner un ejemplo, sobrevive el gato montes. Dificil de avistar, pero que en ocasiones, tristemente detectamos porque ha sido arroyado por un coche al cruzar la carretera. También el Gran Duque, el buho real. La majestuosa Aguila real igualmente encuentra aquí su hogar.

Un hogar capaz de darles alimento con liebres y pequeños ratones y topillos. Los que viven en esas galerias subterráneas, que estos días de primavera sus moradores limpian amontonando la tierra en su exterior. Esos pequeños roedores que han abierto caminos de hierba cortada, que al final del invierno, cuando la nieve se derrite nos descubren su existencia.

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