Ya no quedan arcillas a los pies de los Mansuetos

En el 2007 ya no quedaban los alfares de las ollerias, aunque habían encontrado hornos antiguos en la zona de Los Arcos, no  esta asegurado que sean conservados Tampoco queda en la ciudad las fabricas de ladrillos, solo un empresa comercializa, pero ubicada en el Polígono industrial de la Paz. Pero las minas siguen extrayendo arcillas, con una nula restauración. A su vera hoy las atraviesa la nueva vía perimetral de barrios, próxima a inaugurarse. En base a ella se pretende urbanizar el suelo que linda…… esperemos que al menos sirva para restaurar las minas y recuperar este paisaje para la ciudad.

Actualmente en el año 2016  hace ya unos años que llegó la autovía mudejar, seguimos  con un tren que agoniza, se transformó la Glorieta en un intento fallido de recuperar una imagen de su pasado. También se concluye un programa Life, con fondos europeos, para restaurar las canteras. Se ha repoblado, se ha explanado, pero verdaderamente no se han regenerado el área las canteras de arcillas.  Desconozco lo que nos dirán de Europa, porque plantar árboles no es restaurar. Tampoco la ciudad  se ha implicado en el proyecto, y tiene pendiente una apuesta de cambios de hábitos para apostar por favorecer el desplazamiento peatonal y  el uso de la bicicleta.

ollería

 

 

Años de fabricar ladrillos y tejas, de llevarse la arcilla a otras tierras, como se llevaron sus gentes a los núcleos industriales, han roto la suavidad de las lomas y cárcavas rojas de las faldas de estos emblemáticos montes de Teruel. Se han transformado en perfiles rectos donde, con brusquedad, el rojo se transforma en blanco de yesos y calizas. Son zarpazos de un tiempo que avanza a grandes saltos, que no perdonan a quienes quedan rezagados con distinto paso.

Desde la ciudad, sus montes del este, allí de donde sale el Sol, son bonitos. A pesar de alguna plataforma de escombros, que ofrece ángulos rectilíneos donde miles de años se encargaron de borrarlos. Quienes han paseado por ello, saben que bajo esa belleza se embute basura y escombros, que no se ve desde la lejanía de un viaducto, que comunica dos ciudades que son una. Es el testimonio de la falta de respeto de sus ciudadanos a su tierra, incapaces de evolucionar desde formas de vida propias de otros años en que subsistir era prioritario y no quedaba lugar para la poesía.

Encogidos dentro del abrigo, afrontamos con la misma indiferencia las primeras heladas de las mañanas de noviembre. En nuestra soledad pensamos, que otros deben ser los que vengan a sacarnos del olvido. Nos escondemos tras los tópicos del frío, de la guerra, de la despoblación, para no afrontar nuestra responsabilidad en el hoy, nuestro presente.

Al atardecer, la Glorieta, acoge los últimos rayos del Sol. Con ellos, viejos sentados en sus bancos rememoran sus tiempos con el ganado y la siega de los campos del pueblo, donde saben, que ya nunca regresarán. Sus arrugas palidecen en un rostro, al que ya no corta el Cierzo. Junto a ellos los niños juegan en columpios y toboganes. Todos, junto a una fuente, con figuras y sin aspersión, con la que los turolenses nunca se han identificado, añoran la estructura del parque antiguo con su templete.

Mirando al Sol, cerramos los ojos al mañana. Parecemos esperar siempre, que otros vengan a restaurar nuestro Patrimonio, a construirnos la Autovía, a devolvernos el Tren…, a comprendernos. Adormecidos, seguimos encogidos, ahora frente al último calor del día, al igual que en la mañana lo hicimos cuando la escarcha sonrojaba nuestras orejas gélidas.

El Ocaso, es por la Muela. Donde la propiedad de la tierra no permite que la tierra se llene de escombros y basura. Al mirarlo, siempre retorna el pasado, la crueldad de la guerra. Ni los atardeceres rojos son capaces de entonar un suspiro de esperanza en el futuro.

Anochece y regresamos a nuestra casa. Sentimos nuestro lo que hay dentro, nos esforzamos por identificarla con nosotros, la mantenemos limpia, apartamos el polvo del transcurrir del tiempo y cuidamos que el frío no invada sus rincones.

Mientras, la calle se queda sola, sin nadie. Sus ciudadanos olvidan, que la Ciudad también es suya. No parece que mejorarla sea un trabajo de pequeñas cosas a aportar por cada uno. Y se mira al dinero de los presupuestos, que llegue para las grandes obras, como el maná del cielo.

Como siempre, quizás tarde, la autovía llegue; más difícil lo tiene el ferrocarril. Es probable, ya pasó en otras ocasiones de la historia, que sea una vía rápida para huir, para pasar de largo.

Quienes queden, seguirán cruzando el viaducto, con el cuello del abrigo tapando sus orejas. Al menos, que éstas no se hielen bajo el frío y el viento.

Sobrevivirán, como las matas de sabina rastrera en los altos de la Sierra. Apenas levantan un metro del escaso suelo, azotadas por el viento nueve meses de invierno, y extienden sus raíces más allá de su copa, para aprovechar cada rincón de humedad en la angustia de los tres meses de infierno.

 

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