CAMINANDO POR TERUEL. La Cueva de los Cazadores

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No es un Dolmen Prehistórico, ni tiene pinturas rupestres, pero quienes hemos vivido la infancia en el Arrabal, hemos fijado nuestra mirada hacia el Norte. Allí estaba “La Cueva de los Cazadores”. Elevada sobre el abismo abierto por los barrenos, que durante años arrancaron las arcillas de la montaña y la llevaron a cocer ladrillos. En nuestra niñez simbolizaba un cumulo de aventuras, entre quienes hemos vivido rodeados de montañas, que franqueaban las vistas al exterior de esta Ciudad. Nuestros ojos se detenían en esta cueva, aún cuando de ella no existían dichos, como los del colmillo de Mamut de su vecina “Cueva de las Tres Puertas”. En efemérides, como el Sermón de las tortillas, cuando el día salía lluvioso, era lugar demandado por chiquillos, para ocuparla y comer “la rosca” sin miedo al chaparrón.

No hace muchos años, islas de cebada y centeno flotaban entre estériles campos de arcillas. Andar por estos aledaños de Teruel, significaba encontrarse con el salto de una liebre, la carrera de un escurridizo conejo, o los pequeños vuelos de la simpática Collalba Negra, cuya vistosa cola blanca resaltaba del negro de su cuerpo, que brillaba entre el rojo de las cárcavas por donde pululaba.

En invierno, bandos de cardelinas y de pajareles acudían al abrigo de rastrojos y eriales de cardos. Desde el cobijo del Cierzo, del que nos resguardaba La Cueva de los Cazadores, no era difícil contemplar zagales, que echaban sus redes al suelo para capturar estos pequeños pájaros cantores, cuando las jaulas no cobijaban canarios, que costaban dinero, sino estas aves silvestres, que como todo, hasta el sueño por la Libertad, no se vendía y se recogía de la Naturaleza.

La Naturaleza la teníamos al lado de casa. A pesar de nuestras limitaciones para viajar, encontramos las maravillas de la vida, el rito de las estaciones, el sentido de la vida y la muerte, en nuestro barrio. No precisamos de viajes hacia lejanos lugares, hacia los Parques Nacionales o los santuarios de las Ballenas, para entender la necesidad de conservar nuestro entorno.

Si las películas del Hombre y la Tierra nos enseñaban la existencia del Lince y el Lobo, nosotros conocíamos a la Zorra, que aún se atrevía a acechar los corrales en busca de alguna gallina. En los Monotes al banquete de la carroña de algún cerdo o de algún que otro burro, que moría en casa de los labradores, acudían grupos de Buitres Leonados; aves de gran tamaño, que con sus cuellos largos, manchado de sangre de las vísceras recién abiertas, nos causaban temor.

Crecimos y emprendimos viajes para conocer el exterior, aquella naturaleza salvaje que nos enseñó el televisor, y olvidamos nuestro entorno más cercano. En pocos años los campos dejaron de cultivarse, la mixomatosis acabo con los conejos, las arcillas se las llevaron en camiones de gran tonelaje, dejando un paisaje desolador, las escorias de las ollerias dejaron paso a basuras, símbolo de nuestra sociedad de consumo, de quienes dejaron de sentir los latidos de su tierra.

En el alto, el cerro de Santa Barbara, donde aún conocimos las ruinas de la ermita, se han elevado orejas de mastodonte, para que a nadie le falten las ondas de todos los canales de la televisión. Sustituimos las visitas al cerro, a escudriñar los nidos de gafarrón entre los cipreses, a pasear entre la pinada que, plantadas con azadas en los años del silencio, le cuesta crecer sobre un suelo blanco y estéril, duro como la piedra en las inmensas sequías que solo soportan plantas endémicas de estos secarrales, por el cómodo sofá y la tecla del televisor, donde sin sentir el cierzo nos inundan de información, de imágenes de otros mundos; adormilados cerramos los ojos en la siesta, que nos lanza en sueños a nuestro pasado, a aquellas historias que ya no contamos a los nietos, que no debemos olvidar y tenemos que seguir comunicando.

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“Y no es bastante aún que tengamos recuerdos. Se debe haberlos podido olvidar cuando son numerosos y se debe haber tenido la gran paciencia de aguardar a que vuelvan”
Rainer Maria Rilke

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