DESFIGURAR EL VALLE DEL ALFAMBRA

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La historia de Galve ha sido, hasta hace unos años, la de cualquier pequeño pueblo del Teruel profundo. Tras el olvidado esplendor de la industria textil lanera de la edad moderna, la economía se centró en la producción de cereal de secano y de ovino durante décadas hasta el despertar desarrollista de los años 60. Y, como en tantos pueblos, llegaron los tiempos de la emigración a la ciudad, del declive social y económico, matizado tal vez por la implantación de una enorme cantera de arcillas destinadas a la industria azulejera de Castellón. De nuevo, el subsuelo turolense alimenta la economía de otras tierras donde queda su valor añadido a cambio de unas migajas y de degradación ambiental.

Esta trayectoria hubiese proseguido de no ser por personas como José Mª Herrero que, en épocas difíciles, dedicaron su esfuerzo y su saber en descubrir en los montes de su pueblo un tesoro mucho más valioso que las arcillas. Huesos, dientes, huellas y otros rastros de dinosaurios, cocodrilos, tiburones, mamíferos y de otros organismos que vivieron en unos ecosistemas muy diferentes a los actuales durante el Cretácico. Décadas de excavar, cribar, comparar, estudiar (¡tan lejos de las universidades!), de contactar con especialistas…. eclosionaron en la creación de un museo magistralmente explicado, una red de senderos para visitar icnitas y réplicas diseminadas por el precioso entorno natural y, sobre todo, un prestigio internacional.

La coincidencia con el fenómeno “Parque Jurásico” aceleró el proceso. Miles de familias y de estudiantes acudían cada año para aprender sobre la historia de la Tierra. Surgió un fenómeno insólito en el turismo aragonés. En un entorno ambiental aparentemente difícil, se conseguía atraer al público a disfrutar de un recurso endógeno, que no implicaba una agresión al medio ambiente y que recuperaba el patrimonio natural. Vamos, de manual de “Desarrollo rural”. Pero es más, el éxito conseguido animó a nuestros responsables políticos a extenderlo al resto del territorio turolense mediante la fórmula Dinópolis. Existe una deuda hacia Galve.

Mientras tanto, el Ayuntamiento y los vecinos han puesto en valor otros elementos de su patrimonio cultural y natural para mostrarlos a los viajeros que los visitan. En especial, han comprendido el valor de su paisaje. Tan diferente de los estereotipos pseudoalpinos tan machaconamente publicitados. Los agrestes estrechos de los Ríos Altos que se extienden hasta Aguilar de Alfambra, los cañones de los Ríos Bajos con sus meandros encajados que alcanzan la Reserva Ornitológica de Mas de Cirugeda o los extensos y bellísimos páramos cubiertos por pulvínulos de erizo.

Pero están especialmente orgullosos del magnífico conjunto de chopos cabeceros que pueblan la ribera del río Alfambra. Estos viejos y monumentales árboles ofrecen hábitat a una variada comunidad biológica, representan un patrimonio vivo que muestra el uso tradicional de los recursos naturales y son el máximo exponente de un paisaje rural de calidad y de belleza. El bosque ripario que se extiende desde Galve hasta Allepuz es posiblemente la mayor concentración de chopos trasmochos de Europa.

Los vecinos, y también los excursionistas, comprenden el valor de un paseo otoñal entre los chopos dorados, la armonía de una delicada orquídea y la majestuosidad del vuelo del águila real en un cielo libre. Pero este recurso también puede perderse en breve. Una línea de alta tensión de máxima capacidad procedente de los parques eólicos que se instalan en la sierra de El Pobo proyecta atravesar el valle del Alfambra desfigurando su belleza escénica y amenazando a un recurso económico de valor emergente: un paisaje rural de calidad. Esta “autopista eléctrica”, además de ser una trampa mortal para la vida silvestre, afectará al patrimonio paleontológico que conforman las icnitas de dinosaurios cuya declaración como Patrimonio de la Humanidad está en trámite, a la calidad de vida de los vecinos y a un paisaje cuya degradación será irreversible. El trabajo realizado por tantas gentes para conseguir un desarrollo sostenible en un medio difícil como el turolense puede ir por tierra por el afán de generar plusvalías rápidas con la industria eólica.

La producción de energía eléctrica a partir del viento no está exenta de impacto en el medio natural. No sólo por la implantación de los aerogeneradores y las infraestructuras que suponen y que afectan a paisajes destacados y ambientalmente sensibles, sino por la creación de líneas eléctricas de evacuación que constriñen los espacios abiertos a lo largo de cientos de kilómetros.

No es raro que se perciba con desconfianza esta energía alternativa cuando de nuevo el valor añadido se marcha lejos, hipoteca otros recursos en el medio rural y no viene acompañado con políticas globales de reducción en el consumo sino de fomento del despilfarro. Ya no sólo se explota de forma colonial el subsuelo de Teruel, ahora le ha llegado el momento a sus cielos.

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Autor: Chabier de Jaime Lorén  / publicado en Marzo del 2007 – Galve

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