II. SIERRA DE LOS CABEZOS

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Fue aquella tarde de finales de enero, cuando parecía un imposible lo que vendría después. La mirada del abuelo se dirigía hacía los Mansuetos, que ocultaban la ciudad de Teruel, allí buscaba a  su mujer. Veía caer las bombas tras los cerros. Según veía subir la columna de humo deducía el barrio de la ciudad de Teruel donde habían impactado y respiraba tranquilo cuando pensaba que no había sido en el Arrabal, donde se ubicaba su casa, la de Concepción.

Se resistía a un triste destino enfrentándose a continuar la vida solo  junto a sus dos hijos pequeños. Calentando sus manos y su desdicha en el fuego de una aliaga prendida en el campo, mientras pacían las ovejas, se negaba a aceptar que esta vez la separación lo fuera a ser  para siempre. El motivo era muy distinto al de aquella,  dieciséis años atrás, cuando marchó a trabajar durante tres años a California.

Estaba guardando las ovejas en El Doblador, los campos situados encima de la masada de La Hita. Desde allí vio avanzar tres siluetas negras  por el camino de los Formiches, en las faldas de Cabezo Alto. Destacaban sobre la suave capa de nieve que cubría las asperezas de la roca caliza agrietada. Eran tres mujeres andando que bajaban en dirección al Caseto rumbo a la masada. Supo que una era la abuela.

No lo dudó, se lanzó a la carrera a su encuentro. Aquél abrazo, el beso de amor, como el que nunca se habían dado antes, como nunca más brotaría con esa intensidad de sus labios, lo fue de un momento  que jamás volvería a repetirse porque ya nunca continuaría un después; sólo sobrevivir.

Llevaban dieciocho meses sin saber el uno del otro. Desde el amanecer del veintiuno de Julio de mil novecientos treinta y seis.

La noche del veinte de Julio decidieron, que a la mañana siguiente Justo marcharía con los niños a la masada. Tras un día en que la ciudad  entendió,  tras conocer las noticias de la sublevación  del ejercito africano contra el gobierno de la II República el 18 de Julio, que quedaba ubicaba junto a los sublevados. La afiliación de la ciudad quedo marcada desde el momento en que el Comandante Aguado, acompañado de unos reclutas,  pegaba en las paredes del Tozal el bando de guerra. El mensaje escrito marco el miedo en las caras de sus vecinos, aquellos que se habían significado de izquierdas soñando con un  mundo más justo.

El destino dio un giro. Durante  las navidades de mil novecientos treinta y siete, tras la  recuperación de la ciudad por los republicanos, la evacuación de la población civil permite a la abuela salir junto a sus dos primas, que habían vivido esos meses con ella. El encuentro en la Puebla de Valverde con un miliciano, un conocido vecino del arrabal que les indica que no sigan en la fila de evacuados y que por el callejón  inicien camino hacía la Hita, donde su familia se encuentra bien, les abre la puerta para reencontrarse con los suyos. El amor por volver con su familiar puede al miedo y entre calles estrechas y pajares salen del pueblo.

Son muchas horas de marcha para las tres mujeres andando solas entre el silencio que invade las lomas donde en pocos días combatirán cuerpo a cuerpo  hermanos  separados por la guerra. Se dirigen hacia la Sierra de los Cabezos y en su camino encuentran  milicianos que regresan del frente o que se dirigen a él. Son  niños, convertidos  en hombres en apenas unos meses, a los que el horror de la muerte  aun no ha carcomido la humanidad de quienes  luchan  por la libertad. Los hombres destrozados en el frente de batalla no dudan en  respetar a tres solitarias en medio del monte. Estos jóvenes, aprendices de soldados, a pesar de embrutecerse  en la crueldad de la batalla, conservaban la inocencia. Perdieron la guerra dejando atrás toda su juventud,  fue despedazándose  a lo largo de los días de lucha, quedando al final  como espectros entre las  sombras del territorio que había sido su nación.

Embutidas en sayas negras, al mirar a los hombres aprecian el rostro  rasgado de quienes están siendo derrotados en esa lucha fratricida iniciada por las oligarquías que dominan, que han dominado desde siempre en España.

En esas montañas  la roca aflora  desnuda. Agrietada en canalillos por el azote del agua, el viento y el hielo, como la piel de las caras de los pastores que la habitan; pequeños surcos en el suelo que dificultan andar. Grietas en donde los retazos de hierba y tomillo  hunden sus raíces en busca de suelo en el que crecer. Unas montañas donde no hay cobijos para guarecerse cuando los aviones sobrevuelan en busca de presas. Sólo pequeños bosquetes de pinares,  cayendo en las laderas de umbría, sabinas y carrascas deslizándose en las laderas de la solana.

Un paisaje que hoy conserva esa cruda rusticidad de supervivencia. Su amargura y aspereza incompresiblemente nos hace quererlo cuando lo conoces. En aquellos días, cuando el terreno estaba herido por trincheras cubiertas de metralla y restos de armamento abandonado, en los que sus lomas fueron un cementerio sin cubrir de tierra ¿Quién podía pararse a mirarlo? todos huían sin saber a donde.

Tras varias horas de marcha, a media mañana, desde el collado que baja hacía La Sima  ven la masada rasgada por heridas de guerra. El tejado de la paridera bombardeado, la pared del pajar hundida de un cañonazo. Apenas un abrazo  a los tíos, a los abuelos, porque el hambre que necesita  saciar es  abrazarse al marido y a los hijos.

Unas semanas  tardaron las tropas franquistas en recuperar el protagonismo de la batalla. De nuevo hubo que cargar las caballerías con lo poco que aún les quedaba y lo poco que podían llevar: la maquina de coser, la vajilla, las tinajas con la conserva, las mantas, varias  mudas y ropa. Los soldados los empujan a evacuar ante el rápido avance del frente de guerra  frenado en Castelfrío. Toneladas de bombas lanzadas por aviones alemanes e italianos, por la artillería, que pone a prueba  las últimas novedades en armamento  traído por  los nazis alemanes, van rompiendo, una a una, cada línea de trinchera  de las defensas republicanas.

Apenas unos meses  después de ese año nuevo de mil novecientos treinta y ocho, de reencuentro, comienza de nuevo a verse movimiento de soldados. Las cosas parece que no van bien para la República en el valle del Alfambra.

Quizás paso por la masada James Neugass, conductor de  la ambulancia de apoyo sanitario para la Brigada Lincoln. Le ofrecerían huevos fritos, un manjar en esos tiempos de escasez,  que proporcionaban  las pocas gallinas que quedaban en el gallinero. El americano les diría que tenían un sabor distinto al que un mes antes otros masoveros le habían dado en Mas de las Matas. Le explicarían que aquí el aceite de oliva era de la Sierra de Espadán, en Viver y Segorbe camino  de Valencia,  de poca acidez pero escaso y caro; primero lo usan para  guardar la conserva, ese pedazo de longaniza empapada de  él que acompaña al plato. Agradecido, contestaría que los encontraba muy buenos, con cierto remordimiento de quizás estar comiendo lo poco que aún conservan estos aldeanos. Pero estos campesinos aún conservan su dignidad, la muestran en su generosa hospitalidad, y no puede negarse a aceptar su cortesía porque ello sería un desprecio a su humanidad.

La abuela, quizás, reconoció la voz de este buen hombre extranjero. Anduvo por Teruel cuando la ciudad la tomaron los republicanos una semanas antes y los médicos y enfermeras no dejaban de atender a la población civil, que como los soldados habían sufrido el ataque.

James quizás les dijo, que el frente se rompía por  Cuevas Labradas, Tortajada y Villalba Baja. La guardia mora del Coronel Mician, a las ordenes del general Yagúe, empujaba a los milicianos de la ciento  veintisiete Brigada Mixta, la de la columna anarquista Roja i Negra, desde Alfambra  hacía  las faldas de Castelfrio, una vez que el ejercito del General Aranda había tomado el Muletón y se asomaban a la vega del río Alfambra con tropas de choque frescas, que habían permanecido acuarteladas en la retaguardia.

Al Coronel,  luego sería  General de Franco por méritos de guerra, en los primeros años de la nueva democracia un periódico nacional dedicaba un artículo en el que detallaba su retiro en su tierra natal del norte de África, donde manteniendo la confianza del generalísimo había sido  embajador en Marruecos durante los primeros años de gobierno fascista.

En los días previos a la batalla de Teruel, junto a la guardia mora de su confianza, se alojó, tras requisarla, en una gran casa de Cella. Allí, en la sala del centeno, donde durante años se almacenó el grano, debieron desplegarse los mapas que decidieron el plan de la batalla que arrasó como Atila la hierba que pisaba. Los mercenarios marroquí serian temidos por su crueldad, cortaban las orejas de los vencidos como trofeo con lo que vengarse del odio, guardado en las aldeas del norte de Marruecos por el terror impuesto por los soldados españoles en las batallas coloniales de principios de siglo.

El conductor americano, junto a su ambulancia, se dirigiría  rumbo al Puerto de Escandón, donde sus compatriotas de las Brigadas Internacionales pensaban resistir para  frenar el fuerte avance que se esperaba de las tropas rebeldes ayudadas por mercenarios italianos enviados por Mussolini, dando por hecho la toma de Teruel  en pocos días y su órdago  de llegar hasta Valencia.

Cincuenta años después, el hijo pequeño de James Neugass  recuperó el diario que su padre había escrito aquellos lejanos días durante la Batalla de Teruel. Se publicó en un impresionante libro, “La Guerra es bella”, que recoge su experiencia sobre la cruda guerra que vivió conduciendo su ambulancia. Junto a la joven historiadora americana de Alaska, Aelwen Wetherby, emprendió un viaje por los paisajes descritos en el libro y emprendieron la elaboración de un interesante documental, “War is Beautiful: the documentary”, que en el mes de Noviembre del dos mil catorce se presentó en la ciudad de Teruel.

Retornando a los protagonistas de este relato,  en aquellos días  a punto de iniciarse el verano de 1938 emprendieron rumbo hacía La Puebla de Valverde. Tomar la decisión de abandonar la masada fue difícil, pero no había opción  tomando las  noticias que les dio el americano y  forzada por la presión de los soldados que comenzaban a llegar para reemplazar a las tropas exhaustas por el combate. Justo, que en 1920 había trabajado tres años en Estados Unidos, no entendía como aquél hombre culto había abandonado su país para venir a estas tierras pobres, que  además estaban en guerra. Quienes más sufrían la desigualdad y la injusticia  más alejados estaban de las ideas revolucionarias comunistas que apostaban por romper las barreras sociales que dividían las sociedades en ricos y pobres, utopía que terminaría siendo traicionada por sus propios dirigentes y de la que muchos no nos percataríamos hasta que, tras la caída del muro de Berlín en mil novecientos ochenta y nueve, comenzó a fluir información de la historia de los países de Este, a los que tanto habíamos idealizado y cuya historia su propia censura había ocultado.

Enterraron algunas de las tinajas de conserva con la esperanza  puesta en regresar para recuperarlas. En la Puebla se  refugiaron en casa de unos familiares, la de uno de los primos con los que Justo en el año 1920 marchó a California.   En los graneros de la casa guardan la carga: maquinas de coser, ropas, apeos del matacerdo y poco más de las cosas de valor que les acompañan cargadas en las caballerías desde que iniciaron la evacuación. Estas quedan en los establos donde reciben un poco de grano.

Ya terminando Junio, una noche el frente avanza tan rápido que, al amanecer, cuando despiertan comprueban que las insignias del uniforme de los soldados y el estandarte en torno al que se agrupan  ha cambiado. Se encuentran en territorio  de Franco.

No todos huyeron deprisa. Algunos aprovecharon el caos para robar lo ajeno. En los graneros no queda comida ni nada de lo  que puede venderse en la retaguardia.  Al menos no se han llevado los animales, incapaces estos de llevar el ritmo que marcaba la huida en las  últimas horas del combate.

Quedaban en tierras de los nacionales. Quizás por  la influencia de los Barones, tal vez  del hijo del secretario de Corbalán, oficial del ejercito  rebelde, regresaron a La Hita. En el camino se encontraron con sus vecinos del Espinar, que volvían de Valbona. Llegan con los machos  sin carga. Sólo han recuperado  las tinajas de  conserva  que días antes había enterrado Francisco. Las casas aún están en pie y en los campos quizás pueda recogerse algo del cereal. Las ovejas desperdigadas por los campos balan llamando al pastor. Su padre las oye y entiende que no vale la pena quejarse. No hay tiempo para el dolor cuando hay que volver a empezar, como en tantas ocasiones ha ocurrido en estos lugares a lo largo de la historia. Los relatos   de bandoleros y de las guerras Carlistas fluyen de los recuerdos vividos durante su propia infancia, miedos que se reavivan con el terror vivido durante los últimos meses.

Patatas  y gachas de harina de centeno acompañadas de algún trozo de longaniza, lomo o costilla,  fueron la comida de aquel verano para comenzar a cosechar  las  cebadas y centenos de sus masadas y las de aquellas   donde los campesinos no volvieron. Ese año no habría jornaleros castellanos y hasta los niños tuvieron que ayudar. La tía María del Espinar se enfadó cuando  la madre de Justo mandó a las niñas arrastrar el diablo, un enorme rastrillo con el que recoger las espigas que quedaban tras pasar los segadores con la corbella, como llaman en Aragón a la hoz. La utilizan para segar la mies, manejada en la mano derecha,  mientras que  la izquierda protegiendo los dedos  con   la zoqueta  agarra las cañas antes  de cortarlas. La mujer de Simón recordó a Joaquina,  que para ese duro trabajo   estaban los burros, que descansaban en el ribazo pastando. Entre tanto dolor y sufrimiento, aquella mujer no había perdido el sentido común:    la locura desatada en  los mayores no podía acabar con la infancia de sus hijos.

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