III. GREEN-CHAING GANG FRANK H. JABER – FOREMAN – WESTWOOD – California

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(Un día entre el año 1920 y 1923)

Cuando lancé al Facebook esta fotografía, como antaño se lanzaba al mar la botella vacía con un mensaje escrito en un papel depositado en su interior, veía improbable una respuesta. Varias semanas después Cheryl Oakes, secretaria de la Forest History Society, me contestó vía email suministrándome un conjunto de información capaz de comenzar con ella a reconstruir esta interesante historia. Los archivos de The Statua of Liberty-Elli Island Foundation, el libro de Tim Purdy sobre la historia de la Red River Lumben Company, que generosamente me envío de EEUU al conocer mi interés por desvelar el pasado de esa fotografía, me ayudaron a descifrar la mirada de los obreros que posan en el muelle, en especial la del abuelo Justo. Me contaba el abuelo la historia de esta fotografía. Aquella mañana de Septiembre de mil novecientos veinte su hermano quedó en casa. Estaba enfermo, triste. La tos rugía en sus bronquios con un sonido más cercano a la melancolía de sentirse lejos de casa, que a un resfriado, una bronquitis o peor una pulmonía, y su delicado corazón, sin duda, se resentía más con la soledad que impone estar lejos de tu sitio en el mundo, que con achaques al cuerpo. El abuelo temía que se abandonara, como aquellos que, cuatro meses antes, en el viaje en barco desde Valencia, presentían desaparecerían en la noche, sin gritos, sin que nadie los echara de menos, dejándose caer por la borda, vencidos por el mareo, el frío y sobre todo la soledad y el miedo a lo desconocido.

El capataz, Frank H. Jaber, canadiense de origen sueco desde donde sus padres emigraron, les llamó para posar en el muelle de ferrocarril, desde donde cada semana partía una procesión de vagones cargados de tablas de los pinos aserrados. Creo recordar o imagino que me hablaba de aquel continente, al otro lado del Atlántico, como un mundo tan grande como las viejas sequoyas que había contemplado: altas hasta el cielo, anchas en su base capaz de cobijar un hueco por donde pasar una carreta o un coche, capaz de cobijar al propio leñador en la enorme muesca a golpe de hacha abierta para su talado. Creo que era consciente de que nuestras diferencias de edades marcaba mi incredulidad cuando le escuchaba esta historia. Ayudaba a ello los nuevos tiempos que llegaban, en los que los relatos del abuelo eran reemplazados por los libros de la escuela censurados por un régimen que ahogaba al país. Las fotografías de la web de la Forest History Society recopilan un valioso testimonio gráfico sobre la industria californiana de la madera, y a mi me muestra que los relatos del abuelo eran verídicos.

No todos los trabajadores de la Red River Lumber Company se conocían. Sólo los hispanos que compartían el mismo idioma, aunque la mayoría tenían acento del sur, México, y sobre éstos, me decía el abuelo que no se fiaba porque sacaban fácilmente la navaja en cualquier disputa. Todos eran hombres que habían dejado su familia lejos, con una tristeza que muchos ahogaban las tardes del sábado en la taberna, aún cuando a T.B. Walker, dueño de la fabrica, de las tierras y de la ciudad, muy puritano él, seguramente con la doble moral de los ricos, le repugnaba la venta de alcohol. Sin embargo aquella experiencia, pese a la diversidad de gentes de diferentes naciones, funcionó. La productividad de la empresa llegada de Minnesota a principios de siglo veinte, levantó el pueblo de Weestwood hasta la década de mil novecientos cincuenta; después de la segunda guerra mundial, al agotarse la totalidad de la madera de calidad, la crisis desvertebró la empresa y arruinó la ciudad, que había llegado a cobijar diez mil vecinos.

Al comenzar el verano de mil novecientos veinte, junto a sus primos de La Puebla de Valverde, emprendieron un viaje a California. La primera guerra mundial había terminado hacía apenas dos años. Una generación de jóvenes americanos muertos en las trincheras de centro Europa había dejado sin obreros al joven país convertido en potencia mundial. Viajaron durante un mes en clase de tercera. Atravesaron el océano Atlántico siguiendo hacía el norte la costa de Portugal. Desde Valencia por el Mediterráneo hicieron parada en Cádiz, y desde Glasgow cruzaron el Atlántico para llegar a Terranova y descender siguiendo la costa Este de Canadá hasta Nueva York. LeS habían hablado de estas tierras amigos que conocían a valencianos con parientes emigrantes en EEUU desde principios de siglo. En la comarca de La Marina, la filoxera había atacado a las parras arruinando su economía basada en el comercio de pasas. Diez mil hortelanos comenzaron un éxodo a América del Norte a lo largo de las primeras décadas del siglo veinte, una peregrinación en busca del trabajo, cuyo primer transbordo lo hallaban en Nueva York en la pensión “La Valenciana”.

Junto al abuelo Justo también iba Miguel de Mora de Rubielos, que ya había viajado en otras ocasiones. El pasaje del barco, al que pude acceder a través de The Statua of Liberty-Elli Island Foundation, muestra que desde Valencia iban veinte turolenses procedentes de: La Puebla de Valverde, Valbona, Aldehuela y Escriche. El P. Satrustegui, Un viejo vapor construido en Glasgow, Escocia, por encargo de la compañía “Britis India Associated Steamer”, inicialmente realizó la ruta de la Queensland Royal Mail, que hacía el trayecto de Londres – Suez- Batavia- Brisbane. En mil ochocientas noventa y cuatro, adquirido por la Transatlántica, realizó la línea Barcelona-Filipinas. También participó en los movimientos de tropa y munición durante la guerra hispano-estadounidense de Cuba, encargándose a su término de repatriar los soldados de Santiago de Cuba. Ya en mil ochocientos noventa y nueve es asignado a la línea de Buenos Aires, y en uno de sus viajes durante mil novecientos dieciséis, en ruta hacía España, participó en el salvamento del Príncipe de Asturias en las costas de Brasil. Aquel viaje a Nueva York de mil novecientos veinte debió ser uno de sus últimos, pues en mil novecientos veintisiete fue retirado de servicio y desguazado en mil novecientos veintiocho en Génova.

En el barco viajó también un cuervo que se posó en el mástil del barco al llegar al puerto de Cádiz y no lo abandonó hasta que todos desembarcaron, incluido él, al llegar al centro de agrupamiento y control de la Isla de Ellis, junto a la estatua de La Libertad.

Todos no, muchos no habían resistido ese primer filtro que suponía el mareo del barco, la incertidumbre del futuro, los recuerdos del pasado. Esos se arrojaban en la noche sin luna por la cubierta; solitarios que nadie echaba en falta cuando al amanecer un hueco en las bodegas se abría para el resto del pasaje. Del grupo de Teruel todos llegaron.

Descendieron observados por la gran estatua de una enorme mujer con una antorcha a la que llamaban Libertad. Allí cumplimentaron una ficha, donde indicaban el destino y una dirección y un contacto del lugar de origen. Todo se conserva en los archivos de la Fundación Ellis Island. Hoy en su exterior un inmenso muro de acero recoge los nombres inscritos de aquellos emigrantes que llegaron a America.

Les exploraban innovando métodos capaces de hacer una rápida evaluación del estado físico de la multitud que llegaba, descartando enfermedades. En una gran sala les hacían pasear debiendo atravesar una rampa, con lo que comprobaban cualquier invalidez que afectará a sus piernas, ó, comprobaban que no eran analfabetos tras hacerles leer un pasaje de la Biblia en su lengua de origen. Sólo tras pasar la cuarentena les abrían la puerta del ferry para llegar a Nueva York.

En un tren de vapor atravesaron el país de Este a Oeste. En San Francisco los parientes de La Puebla de Valverde acudieron a recogerlos al anochecer, cuando concluyeron su trabajo en la serrería. Los mismos a través de los que les llegaron las noticias de este trabajo, los que les tramitaron las condiciones del contrato que les adelantaba el billete del barco a cambio de un compromiso de permanencia en la empresa durante tres años.

La mayoría de los españoles que allí trabajaban no llegaban desde España, venían de Hawaii. Desde finales del siglo diecinueve las gentes del sur de España acudieron al reclamo de trabajo en las plantaciones de caña de azúcar en la isla, la dureza del trabajo en el clima tropical y las condiciones les llevaron a buscar un camino más fácil en el Continente, del que la isla es un Estado. El abuelo se llevó la manta de cuadros. Tejida en Nogueruelas, como todas las que había en la Masada. Aquellas mantas se intercambiaban por la lana. Cada año tras el esquileo llevaban cargados en las mulas los paquetes de vellón que intercambiaban en los batanes por paños teñidos y tejidos. Las mulas a través de los caminos de herradura eran los enlaces con el exterior, con ellas también traían sal de Arcos de las Salinas, o aceite de la Sierra de Espadán. Debió arroparse con ella más de una noche en que la oscuridad le atrapó en el monte y no pudo regresar a casa tras una jornada intensa serrando pinos en los viejos bosques de secuoyas. Trabajó de leñador antes de lograr un puesto en los almacenes de la serrería, probablemente por ganarse la confianza de los capataces y saber algo de letras y números.

Aquellos grandes árboles que jamás había visto y nunca volvería a ver, que había que cortar en un trabajo manual de varios días, de sol a sol, jamás los olvido, y su recuerdo le acompañaba siempre que con el ganado, ya en las sierras de Corbalán, descansaba a los pies de viejas sabinas, que nunca alcanzaban el tamaño de los pies más jóvenes de aquellos grandes bosques de América.

Aquellos campesinos de las Sierras turolenses compartían una cabaña de madera, alquilada a la empresa. Allí organizaban su vida familiar y cada día uno de ellos renunciaba al trabajo para adecentar la casa y hacer la comida. Su organización tenía un objetivo: trabajar para ahorra una pequeña fortuna con la que reemprender la vida en España, país del que nunca llegaron a despedirse. El regreso a su tierra estaba dentro de ellos, el idioma dificultaba integrarse, también las costumbres. Aunque la tecnología de la fábrica, la vida en ciudades cercanas como San Francisco, o en pueblos más pequeños cercanos a Weestwood, sorprendía cada día a aquellos hombres llegados desde la aldea más pequeña y humilde del país más pobre de Europa, allí donde la montaña siempre fue tierra de frontera, refugió para huidos, reclamo para nuevos colonos y lugar de paso hacía tierras más fértiles.

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