Teruel, existe en sus paisajes y en sus gentes

 

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El presente, que hoy se respira en Teruel, es consecuencia de quedar a la cola en las políticas de desarrollo del país; sin duda la causa del estancamiento socioeconómico de sus Comarcas, con respecto al modelo gestado en el Arco Mediterráneo y aún incluso frente a la parálisis del desarrollo de la España del Interior. Como consecuencia, la emigración dejó los índices de habitantes por kilómetro cuadrado en valores considerados por los expertos como propios del desierto. Situación responsable de que hoy existan valores naturales y paisajisticos, que en otros lugares del territorio ibérico han desaparecido.

En ellos el galope de una urbanización y una industrialización especulativa, arrasó todo vestigio de naturaleza, patrimonio e identidad cultural. La historia marca a esta provincia. Sobre todo los periodos de guerras y destrucción, en los que no solo se arrasaba el territorio físicamente, si no también originaba tierras inseguras donde difícilmente podía pensarse en el futuro.

El hombre es responsable de huellas fijadas en el territorio. Aprovechamientos tradicionales, como la trashumancia ó los cultivos en bancales, han posibilitado que no solo exista y perviva una cultura integrada en su entorno natural, si no también el resultado de su actividad: un paisaje que posibilita un medio demandado por la actual mayoría social del sector del mundo desarrollado, que desea acceder a lugares tranquilos, no tan urbanizados como para no quedar en ellos resquicio del medio salvaje y hostil, que a veces representa la naturaleza.

Existen bosques en Teruel. En parte, motivado por la existencia de suelos no tan degradados como para que no regenerara el arbolado tras el abandono del uso en amplias extensiones de predios de pastos y labrantíos, a consecuencia de la perdida de población en los pueblos. También incide el modelo de gestión forestal, que quizás por orientarse a usos propios y no entrar en el mercado comercial, no generó una avaricia capaz de destruir selvas de pinos. Por ello, en nuestro paisaje hoy dominan los pinares jóvenes, que recuperan antiguos cultivos ó son el resultado de una explotación más intensiva, realizada en las últimas décadas, que no deja árboles viejos; también son protagonistas en él, encinares y robledales que rebrotan desde las raíces, que se resquebrajaron al tirón del tractor para adquirir el combustible, que hasta la aparición de la bombona de butano precisaron las cocinas del mundo rural de estas montañas del Sistema Ibérico.

Llegar al 2000 con este medio natural con capacidad de regenerarse, es un signo de vitalidad capaz de afrontar el futuro con la esperanza de forjar un modelo de desarrollo donde la industria, las infraestructuras, las ciudades, no rompan el nivel de calidad de vida que mantiene esta provincia.

La demografía de Teruel con una pirámide invertida, debe forzarnos a reflexionar. Lejos de desplazar a una población envejecida, su experiencia debe, no solo hacernos pensar sobre los aspectos negativos, que han gestado esta situación. Las gentes, que quedaron y siguen en estas montañas, no son una especie a extinguir; han sido capaces de vivir y morir en la tierra que han querido, para lo que a pesar de los problemas, que les han sido surgiendo a lo largo de su vida, han encontrado vías capaces de mantener su casa y su familia en pie, reparando cada año los tejados y adaptándose a los continuos cambios, que en la política agraria y ganadera se han ido imponiendo desde el exterior. Junto a ellos hoy viven jóvenes, que contra corriente han encontrado vías capaces de permitirles establecerse fuera de los sectores urbanos dominantes.

Muchos, que hemos decidido seguir viviendo aquí, no queremos aislarnos del exterior, no queremos renunciar a las posibilidades que el desarrollo hoy ofrece, pero no estamos dispuesto a permitir que el precio de este desarrollo, de las infraestructuras que se precisan, sea la destrucción de este pedazo de tierra donde nos encontramos a gusto.

Por ello no olvidamos experiencias practicadas en torno al carbón, que en breve plazo de tiempo nos han devuelto a la cruel realidad, no solo con respecto a la crisis social de este áspero territorio, si no también valorando el impacto ambiental generado, que tardará en cicatrizar.

Analizando estas experiencias, miramos con prudencia las alternativas, que hoy se nos ofrecen en torno a un desarrollo desordenado y exagerado de Parques Eólicos, que van a modificar el paisaje de nuestras Montañas.

Sierras de Gudar y Javalambre, en las que aún supuran las heridas abiertas tras la construcción de unas pistas de esquí, en singulares lugares naturales con una climatología desfavorable, con escasez de agua para fabricar nieve artificial necesaria para compensar la falta de precipitaciones naturales, pero en las que las facilidades del dinero publico, de todos los ciudadanos, posibilita la implantación y ampliación, sin límites hoy todavía establecidos, de este negocio, en el que el capital privado retiró su inversión porqué no le cuadraba el balance de resultados.

Frente a la vía de imaginación, que desde siglos ha perfilado los riegos de tantas pequeñas huertas asentadas sobre pequeños riachuelos y fuentes, que fueron capaces de producir hortalizas y frutas en una economía de subsistencia, nos tememos que los embalses además de inundar preciosos paisajes ribereños, sean una herramienta para quienes desde fuera regulan y poseen el agua de nuestra tierra. No podemos fijar la vista en la esperanza de nuevos regadíos en una Tierra Baja, donde al agua no abunda, sin mirar hacia los olivares centenarios, en los que la inversión en su gestión tradicional no solo ofrece un producto sano y de alta calidad, si no también constituyen un ecosistema, que da un respiro a la aridez de las secas tierras del valle del Ebro.

Y en esta orgía de infraestructuras, que se prometen a la provincia, no queremos olvidarnos de la necesidad de velar por un transporte social y ecológico, como es el Ferrocarril.

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