SANTOLEA

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¡En Agosto no suelta el agua ni dios!. Y una vez más en estas fechas nos acordamos de proyectos para embalsar agua, como solución urgente a la falta de previsión, a nuestra incapacidad de desarrollar una gestión de ahorro en el uso y disfrute de este recurso escaso: cientos de litros dejados escapar por el grifo abierto del fregadero o del lavabo; miles de metros cúbicos perdidos por infraestructuras y sistemas de riegos anticuados, por industrias no comprometidas con el medio ambiente; agua putrefacta que retorna al cauce sin depurar arruinando la vida de los ríos. Apartamos la vista del impacto ambiental y social de estas obras públicas y las prisas no nos dejan pensar en otras alternativas, que puedan encajar mejor en un desarrollo sostenible, mirando hacia el futuro.

También son días para lanzarse a descubrir paisajes. Llegar a pueblos abandonados por la construcción de embalses. Es el caso de Santolea, inundada su huerta por el pantano que lleva su nombre y que almacena agua del río Guadalope en las puertas de Castellote. Lo descubres entre el polvo de sus orillas estériles, cuando el agua desciende y deja ver el pasado. Ruinas de casas, algunas permanecen anegadas y ocultas cuando las aguas llegan a la máxima cota. A sus pies aún apreciamos restos de las bodegas donde no hace muchos años se curaban los vinos de las cepas, aún testigos de la historia en el paisaje, donde tantas noches brotó alegría y otras tantas fueron silencioso refugio para quienes huían de las batallas que se libraban en los montes.

Sus gentes fueron lanzadas hacia la Ciudad. Cambiaron la tiranía del arado por la esclavitud de la maquina, viviendo en construcciones de ladrillo con sabor a multitud; desesperación para quien ayer nació en una casa de piedra, con alero de madera, el enrejado de forja de la herrería de al lado del molino y hoy carece del referente de su identidad.

Son pueblos abandonados ante el cierzo, observados por la luna, por el sol, las estrellas y aquellos animales, que antaño se guardaron de acercarse al hombre; el hombre, que les robo su tierra y no tuvo coraje para quedarse en ella. De las tinieblas, con la luz del amanecer, salen camino hacia la mejor alcoba de la casa, quienes antes, cuando el sol comenzaba a iluminar el rocío de la mañana, debían retirarse a la maraña impenetrable del bosque ó al más oscuro rincón de las cuevas.

Tristes quedan las calles, cuando, la lepra, que descarna los yesos de las paredes, y la cangrena, que amputa los pilares, se presenta delante de sus últimos testigos. Sin manos para reparar las tejas, que el hielo del invierno desmenuza cada año, al igual en su interior la carcoma vuelve polvo la madera de las vigas, las ventanas, las puertas, los muebles…, la historia, que se lleva el viento ó se ahoga bajo las aguas de un pantano..

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