EL 28 DE ABRIL: VOTA

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Los atardeceres en estos paramos de la Sierra de Corbalán son especialmente profundos. Por su belleza, cuando en el horizonte, detrás de las  sabinas milenarias dispersas entre campos de centeno y eriales, los últimos rayos solares del día  al ocultarse por las montañas de Sierra Menera iluminan de color rojizo al cielo. También,  porque las piedras que lo contemplan todavía rezuman los lamentos de la crueldad de la guerra vivida en el mes de abril de 1938 durante los combates desarrollados al avanzar el ejército rebelde sobre las tropas republicanas tras la victoria en la batalla de Teruel.

Jóvenes de  uno u otro bando, llevados al conflicto desde las levas,   sufrían el dolor de las heridas y del miedo. También mercenarios reclutados por ideología o por dinero. Dirigidos por quienes son capaces de jugar con la vida de los otros para llegar a un objetivo, con la sangre fría de no valorar las consecuencias de ver sembrada la tierra de   cadáveres. En demasiadas ocasiones motivados por  la ambición personal de lograr poder para amasar fortuna. En otras por razones  ideológicas, quizás un sueño, pero con idénticas consecuencias.

Los que perdieron arrastraron el peso de sentir alejarse las esperanzas por dar un giro al devenir del  país. Despertaron del sueño.  Las oligarquías volvieron para seguir utilizando  los recursos en beneficio propio. La apuesta por un lugar donde el interés común de un pueblo sea su significado de nación, se desvaneció durante demasiados años.

Tras la segunda guerra mundial, era obligado mirar al Norte   para divisar el   modelo  de sociedad con la  que soñábamos. La muerte del dictador y la tímida apertura, propiciada por el resurgir económico, inició los pasos de una joven democracia andando sobre una frágil cuerda donde no era fácil mantener el equilibrio.

Algunos celebramos el triunfo socialista en las elecciones de 1982. La euforia de aquella noche, quizás se desinfló demasiado deprisa al desencantarnos conforme se alargaban los plazos sin que viéramos llegar una sociedad más igualitaria y justa,  con una equitativa distribución de la riqueza. Mirando desde la distancia, en aquellos momentos la estabilidad que iba tomando nuestra vida es probable que no nos dejara valorar en su justa medida los logros alcanzados. Hemos de reconocer que el país en otras manos, sin la integración en las estructuras políticas de Europa, no habría avanzado con el mismo ritmo en políticas sociales y  ambientales. Su economía no habría recibido los fondos  con los que se logró acercarnos al Estado de Bienestar. También es cierto, que esa movilización del dinero fue presa fácil de la avaricia acompañada de especulación y corrupción. Engordaron la bolsa de unos pocos y perdimos la oportunidad de generar un tejido económico competitivo asentado en principios de sustentabilidad.

Lejos de la adoración a las banderas e himnos, del fervor patriótico envuelto en la tergiversación de la historia, el sentimiento e identidad con un territorio se plasma en la voluntad y el convencimiento de trabajar por un proyecto colectivo. Con el respeto a  la diversidad cultural e ideológica  se traduce en la idea de un Estado que trabaja por lo común para beneficio de todos. A ello aportamos nuestra ilusión diaria y, cómo no, nuestros impuestos para sustentarlo. En este sentir ciudadano  no tenemos definidas fronteras y nos sentimos abiertos  a, sin renunciar a nuestra identidad, soñar con Europa. El lugar donde nuestra generación ha crecido y por el que  hemos viajado libremente sin sentirnos extranjeros.

Desgraciadamente no todos evaluamos nuestro pasado más reciente de esta manera. Ante las injusticias, que perviven a nuestro alrededor, es fácil caer en las garras de aquellos que se presentan como salvadores  acompañados de  griteríos y eslogan que nos atrapan, al igual que lo hace la publicidad al vendernos un producto no necesario  que terminamos comprando. Mirando sus avales no nos ofrecen garantías.

La soledad de este paisaje invita a meditar, a pensar…. a respirar profundamente saboreando la vida. Esta tarde sólo me acompaña un macho de corzo. Se aventura fuera  de la frondosidad del  sabinar para pastar los brotes frescos del incipiente cereal  sediento. Se están retrasando las lluvias y es la  única hierba verde en estos paramos ásperos.

El arzobispo y también Premio Nobel de la Paz sudafricano, Desmond Tutu, tomó la frase zulú: “Umuntu, nigumuntu, nagamuntu” –que viene a significar algo así como “una persona es persona a causa de los demás”-  para definir la filosofía Ubuntu. Nelson Mandela contribuyó como pocos a extenderla por el mundo. Lo expresó así: “Una persona con Ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazado cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está seguro de sí mismo ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos”.

Nuestro mundo gira tan rápido, como difícil resulta interpretarlo para conocer su rumbo. Son muchos los momentos en que nos sentimos  huérfanos, con la necesidad de encontrar gurús que nos orienten. Podemos  iniciar un peligroso camino si nos equivocamos al elegirlos.

Personalmente considero que estamos en   un momento trascendental para este país. Por ello, voy a meditar muy seriamente mi voto para asegurarme su aportación a mantener abierto el camino de avanzar. El futuro no puede permitirse regresar a tiempos que no fueron mejores. Es fácil achacar a que todos los políticos son iguales, a que las manos ocultas del poder económico mueven las marionetas que nos engatusan al mirar el escenario. No todos son iguales y, sinceramente, creo menos peligroso embroncarnos en los debates parlamentarios que en la calle. En democracia nuestro voto tiene un valor: se lo damos cada ciudadano   avalado por la responsabilidad con la que lo depositamos en   la urna.

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