EL MOLINO DE BARRANCO HONDO

En el verano del 2003 la familia al completa, Maria Jesús, Guillermo, Alicia y yo, nos aventuramos por el Barranco Hondo de Tramacastilla, en las frías aguas del Guadalaviar, que a Alicia, con no más de 7 años, la dejó helada con los labios amoratados. Otras veces habíamos ido a ese entorno, sobre todo en los días previos a la Navidad a recoger muérdago. Días de nieves, que aprovechábamos para hacer muñecos de nieve y deslizarnos por las laderas. Uno de los viajes, que nos permitió conocer mejor el lugar, fué durante este año con el club Alpino Javalambre, al que asistimos Guillermo y yo. Recorrimos desde Guadalaviar hasta Tramacastilla, pasando por el famoso Salto de Pero Gil, con toda la leyenda que gira en torno a este angosto lugar, leyenda de cristianos y moros, de como un caballero perseguido por los otros salto este estrecho y se libró de la muerte.

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MOLINO AGUILAR DEL ALFAMBRA - copia

Molino de Aguilar del Alfambra (Teruel)

El Molino de Barrancohondo de Tramacastilla simboliza una cultura rural capaz de resistir siglos utilizando energías renovables, en un modelo social sostenible económicamente.

Sus escombros hablan de recuerdos de esas gentes que sobrevivieron en una tierra fría, pobre y difícil de trabajar. Sus maderas yacen carcomidas bajo tejas y cañizos del tejado, que se desplomó cuando dejaron de cuidarlo quienes mimaron las piedras de moler, que hoy posan en jardines no importa de que lugar, alejadas tanto de su origen como de la función para la que fueron esculpidas.

Octogenarios, que cualquier domingo de invierno juegan al guiñote en el teleclub del pueblo, atendido por gentes venidas de lejos en busca de una oportunidad, cubriendo el vacío de quien arrojaron su identidad y se incorporaron a la sociedad del consumo, están a un paso de desaparecer con el testimonio de quien vio trabajar esa simple, eficaz y bella maquina hidráulica. Cuando lo hagan, borrado por el río Guadalaviar todo vestigio de su existencia, sin nadie que narre relatos de quienes allí vivieron, habremos perdido un retazo de nuestra historia.

La cultura tradicional sucumbe alcanzada por el galopante ritmo de un modelo urbano e industrial. Como los cazadores recolectores del paleolítico fueron arrollados por el trote que imponían los agricultores del neolítico, y cambio el culto a las leyes de la naturaleza, por la sacralización del granero y del dueño que lo administra. En más de medio siglo ha cambiado nuestras costumbres, nuestro modelo social. Hoy somos un sociedad asentada en ciudades, grandes consumidoras de bienes de subsistencia y ocio, de los que se abastece sobre la base del expolio y la explotación.

Quizás, puede parecer arcaico mirar al pasado, apostar por la simbología de la huella de siglos de trabajo moliendo centeno, pero al mirar hacía los grandes templos de nuestro tiempo, centros de ocio y de consumo, escaparate de las bases socioeconómicas actuales, aún desconociendo cuantos años resistirán, observamos una realidad: no son exportables, sin agotar sus recursos, a los miles de millones de personas que habitan el Planeta. Vivimos en una comunidad pirata que precisa botín de guerra para subsistir, a quién no le importe su coste en vidas destrozadas, en niños mutilados y solos, cuyo futuro es un infierno peor que la muerte. Una economía vasalla para unos pocos, de la que una minoría extraemos migajas, mientras sucumbe por hambre, sida ó guerra, la mayoría. No debiéramos ser ajenos a ello, pues todos compartimos los mismos genes de milenarios antepasados, que un día partieron de África y colonizaron el mundo.

Debiéramos recapacitar sobre el coste de nuestro bienestar y habríamos de modificar nuestros hábitos en busca de nuevas estructuras económicas y sociales, validas para todos y sostenibles por La Tierra.

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Los versos y las palabras se diferencian entre sí por su significado y sonido, tan grande es el poder de las letras con sólo cambiarlas de orden. Pues aun los elementos primordiales de las cosas pueden emplear muchos más medios para crear cosas distintas. Nada vuelve a la nada, sino que todo, por disgregación, vuelve a los cuerpos elementales de la materia.
LUCRECIO / De Rerum Naturae, libro I

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