EL ABUELO

 

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No abandono su tierra, salvo los varios años de obligado cumplimento del servicio militar en Algeciras, donde él, que procedía de montañas agrestes de piedras descarnadas curtidas por  fuego y guerras,  conoció un paisaje llano y extenso,  en los que la hierba llegaba a la tripa a los bueyes que pastan. También durante su travesía por el gran océano buscando fortuna en norteamericana.Se conformó con poco para regresar a su casa y con esos principios  siguió viviendo.

No alteró sus costumbres de acostarse temprano y levantarse antes. No le pillaba el sol en la cama y cuando despuntaba el astro, por horizonte, la burra ya estaba fuera de la cuadra emprendiendo el rumbo hacía la huerta para llevar estiércol,  recoger las calabazas, limpiar el medianil de la  acequia, ó podar los manzanos.

El mundo cambiaba a pasos agigantados a su alrededor, pero él continuaba su ritmo como el fluir de un río no regulado por presas que en pro de la modernidad ahogan los sueños de las gentes de pueblos inundados y borra paisajes con historias milenarias de peregrinos buscando el destino que señala las estrellas.

Se apagó su vida apurando sus últimos suspiros, con  sus ojos  pequeños pero bien abiertos y redondos como los de ratones de campo, atento a los cambios que se producían a su alrededor, fisgando  en busca   de bayas otoñales, escurridizo ante el peligro de la silenciosa muerte que acecha en la boca donde se esconde el raposo ó en las garras del Búho posado los altos cantiles. Su casa continuó el mismo lento caminar ausente de ambiciones basadas en modas y consumos, sola frente al helado cierzo, triste en los meses en que el sol absorbe las últimas gotas de humedad y el polvo de la tierra seca tiene los mismos tonos verdes que la primavera. Acompañada de sabinas aguerridas a estos lugares, de pinos centenarios con troncos retorcidos y copas estenuadas, de enebros apegados al suelo para engañar al fuerte viento que los tumba.

La soledad que invade al ciudadano rodeado de inmensidades  en la gran urbe, intenta curarse con la compañía del silencio de la montaña. Y aquellos, que no pierden oportunidad de sacar oro de debajo de las piedras, ofrecen los rincones más bellos de la montaña a la especulación urbanística. No importa a quien vender con tal  de enriquecerse materialmente. Perdida la capacidad de llenar de de valores nuestra vida, incapaces  de dar, tomamos para impregnar  de chapapote  las inmaculadas nieves de las cimas.

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Publicado el 15 de Enero de 2004 – Escriche

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